Plateforme communautaire et participative de traduction espagnol / français ; français / espagnol – Université Paris Nanterre
vendredi 30 décembre 2011
Les Jupiter – Phrase 3
Les StelR-2 « Azul » – phrase 5
jeudi 29 décembre 2011
Les Jupiter – Phrase 2
Les Étoiles Filantes – « Réplique » / phrase 8
Pour en savoir plus sur le métier de traducteur de sous-titrage
Master pro de sous-titrage
Les StelR-2 « Azul » – phrase 4
Les Jupiter – Phrase 1
Le texte choisi par l'équipe des Jupiter (Justine Ladaique et Julie Sanchez) / «hWord», de Gustavo Courault
Nous remercions collectivement l'auteur de nous avoir aimablement donner l'autorisation de traduire et de publier sa nouvelle sur notre blog et ensuite, pour la version définitive, dans les actes de la journée d'étude SF organisée en mai prochain par l'université de Paris X – Nanterre.
—Hoy entrevistamos al prolífico escritor y desarrollador de software Germán Catalano —dijo el periodista en un primer plano, luego la cámara amplió el cuadro y apareció la imagen sonriente de un hombre canoso y de bigotes de foca oscuros que saludaba con la cabeza—. ¿A qué se debe tamaña producción de novelas y libros de cuentos, a razón de uno por mes? —le preguntó sin más trámite con su voz estridente.
—Buenas noches, a usted y a toda la audiencia —comenzó diciendo el entrevistado con mucha calma—. Es bien sabido que la profusión de mi trabajo se debe al software que he desarrollado, el hWord, un verdadero hallazgo en el ámbito literario.
—Háblenos un poco más de ese software, por favor —intervino el periodista.
—En primer lugar tiene incorporada una base de datos de miles de escritores, desde Cervantes Saavedra hasta Saer, pasando por Borges, Hemingway y García Márquez. El software, entonces, compara el texto del usuario del hWord contra todos estos geniales autores y corrige sintaxis, gramática, palabras repetidas y otros errores comunes respetando el estilo y todo esto en tiempo real, es decir, mientras se escribe —dijo Catalano, haciendo el gesto de tipear en el aire.
—Es como tener a todos esos genios como tutores —interrumpió el entrevistador.
—Claro, por eso es capaz de sugerir párrafos enteros, escritos de manera impecable, como si leyera la mente del autor.
—¿Por qué se denomina “hWord”? —preguntó el periodista inclinándose un poco.
—Es por Hermes, el dios griego de la comunicación y ya sabe que Word era el procesador de textos de la extinta Microsoft, de modo que traté de aprovechar ese recuerdo popular para mi producto.
—Me han dicho que cada licencia es muy cara, ¿por qué, si ya lo tiene desarrollado?
—En primer lugar, no queremos que haya tantos escritores de éxito —dijo riendo Catalano—, en segundo lugar, estamos actualizando y alimentando en forma continua la base de datos que le mencioné, a tal punto que en un futuro habrá que tener sólo una buena idea y el hWord la escribirá por usted. Es por eso que creemos que el hWord es una especie de coautor tal como está explícito en su licencia de uso.
—Pero algunos escritores renombrados recibieron una copia gratis de su software.
—Sí, por supuesto, ellos prueban nuevas funcionalidades y nos envían sugerencias de muchísimo provecho para mejorar la versión que publicamos cada seis meses.
—¿El hWord reemplaza a las musas inspiradoras? —preguntó, insidioso, el entrevistador.
—Debe tener algo que comunicar, una idea, una inspiración como dice usted; luego hWord le permite jugar con párrafos, comienzos, finales y tiempos verbales hasta que usted quede satisfecho y con la certeza de un castellano perfecto —afirmó Catalano.
—Además, es dueño una editorial muy exitosa: la Editorial Software Hermes.
—Sí, me di ese lujo debido a mi producción literaria, de esa manera tengo el control de mis ediciones sin intermediarios —explicó Catalano con aire suficiente.
—Usted es un programador, un escritor y un empresario de éxito, lo felicito —dijo el periodista parándose y señalándolo con las dos manos en un gesto teatral.
—Muchas gracias —contestó sin humildad alguna Catalano y mientras sonreía, la televisión comenzó a pasar los comerciales.
Carlos Muñoz subió las escaleras mojado de sudor por los nervios y el calor. Esperaba que ese abogado hiciera justicia. Sí, Justicia con mayúsculas. Su rabia crecía a cada escalón y disminuyó cuando entró al vestíbulo fresco y bien amueblado.
Cargaba con un libro y su propio manuscrito que lo incomodaban, decidió esperar sentado a pesar de que no podía quedarse quieto.
“Me robaron y me las van a pagar”, pensaba mientras vigilaba para ver si la secretaria lo llamaba.
—Señor… —dijo por fin ella, mirándolo por sobre los lentes.
—Muñoz, Carlos Muñoz —respondió él, secándose los restos de transpiración de la frente con un pañuelo arrugado.
—Pase, señor Muñoz, el doctor Robasio lo espera.
El abogado se levantó de su asiento y le dio la mano con fuerza. Muñoz observó su sonrisa de político y se sintió menos seguro de llevar ante él su reclamo, pero había oído que era el mejor.
—Siéntese…
—Muñoz, Carlos Muñoz, doctor.
—Ah, sí, sí. ¿Es a usted a quien le copiaron la novela ésta de tanto éxito ?
—Sí, “Poseídas”, esa misma. ¡Ni el título le cambiaron! ¡Mire! —dijo mostrándole su manuscrito puntillosamente encuadernado y el libro, uno en cada mano.
—¿Alguien habrá entrado a su casa y le robó el archivo u otro manuscrito? —dijo el abogado mirándose las uñas.
—¡Nadie! Sólo tengo impreso éste que ve aquí y tengo el documento digital encriptado con una clave de doce dígitos, combinaciones de letras, números y signos de puntuación que a una Cray le llevaría tres años quebrar —dijo con suficiencia Muñoz.
—¿No le mandó algún adelanto de su obra a algún amigo o amiga? —preguntó Robasio, haciendo énfasis en “amiga”.
—No y no, esta novela me iba a hacer rico y famoso, ¡no le mandé nada a nadie! —dijo, sacudiendo la cabeza como para que no quedara la menor duda.
—¿Entonces se la apropió la editorial a la cual se la envió para que se la publiquen?
—Escuche, doctor, muy atentamente, ésta —volvió a señalar las hojas prolijamente impresas— es la única copia. ¿Capito?
El abogado tomó el manuscrito y el libro. El autor de “Poseídas” era el mismo Germán Catalano. En la contratapa estaban impresos muchos otros best-sellers de los más diversos géneros junto a su cara sonriente.
—¡Ladrón! —gritó Muñoz agitando la mano al verlo.
—Editorial Software Hermes —leyó el abogado.
—Sí, ellos venden su procesador de textos, el “hWord”, que nos facilita tanto la vida a nosotros, los escritores —dijo Muñoz con un dejo de pedantería—. Corrige la ortografía, la gramática, los excesos de adjetivos, las frases largas y los sonsonetes. Si es una poesía busca sonoridad, ritmo y por supuesto, la rima. Hasta es capaz de corregir el estilo. Un escritor con buenas ideas sólo tiene que sentarse a escribir y el hWord hace su magia —terminó de decir haciendo un gesto en el aire.
—Sí, anoche mismo vi la entrevista que le hicieron a Germán Catalano —dijo el abogado mirando los textos con detenimiento—. Veo que es copia palabra por palabra —comentó, luego de pasar algunas páginas.
—Quiero resarcimiento económico y moral —suspiró Muñoz indignado.
—Sólo falta demostrar que usted lo escribió antes —respondió con cierta ironía Robasio.
Sin decir nada, Muñoz sacó de su bolsillo un paquete cerrado con un matasellos y le mostró la fecha.
—Hace tres meses, me envié a mí mismo un DVD con la novela por correo, ¿ve?
—Bien, vamos a ver qué podemos hacer —dijo mientras lo despedía.
Muñoz bajó las escaleras más aliviado, quizás dentro de poco tiempo su nombre y su foto reemplazarían a los de Germán Catalano.
Ya en su casa aplicó el parche al hWord para que siguiera funcionando un mes más. Como muchos colegas, lo había hecho funcionar mediante un crack escondido en la Red, muy laborioso de instalar y que exigía actualizarlo periódicamente desde la misma Internet.
Sólo de esa manera lo podía utilizar, su costo era prohibitivo para él como para casi todos sus conocidos. Odiaba a la Editora Software Hermes, ¿por qué vendía tan cara cada licencia? De algún modo se merecía que usara el hWord sin pagarlo, era una suerte de justicia poética.
Unos dos meses después el teléfono despertó a Muñoz muy temprano a la mañana.
—Soy el doctor Robasio —escuchó entredormido—, debe venir urgente al juzgado, tenemos una audiencia con el juez y la editora.
Gruñó al teléfono una respuesta y cortó, se bañó, se afeitó con cuidado y eligió su mejor traje para vestirse, seguro que ganaba el caso. No había dudas de que “Poseídas” era suya, su novela.
Ya en la calle paró un taxi, ahora que iba a ser rico podía darse esos lujos. Todavía estaba dormido cuando llegó a los tribunales. Unos inquietantes autos con vidrios polarizados estaban estacionados a la entrada del edificio. Cuando llegó a la puerta el doctor Robasio lo saludó con efusión apretándole la mano.
—Ganaremos con mucha facilidad —le dijo sin soltarlo.
—Me dijeron que usted era uno de los mejores —respondió Muñoz, exultante.
Robasio le palmeó la espalda y entraron a la sala.
El juez entró un poco después y Robasio demostró sin dudas que la obra le pertenecía a Muñoz.
Germán Catalano y los abogados de la empresa escuchaban impasibles. Cuando les tocó el turno, se levantó el de más baja estatura, miró a la sala y al juez, luego señaló a Muñoz.
—Este señor dice que le plagiamos su obra, sin embargo, él la escribió usando una copia ilegal del hWord de nuestra editora —dijo con voz de barítono—. En consecuencia no pagó por el desarrollo de nuestros correctores de gramática, de ortografía y otras herramientas que posee nuestro producto. Aquí tenemos —dijo desplegando un largo listado— todos los parches ilegales —hizo énfasis en la palabra “ilegales”— que el demandante usó para continuar su uso y violar la licencia una y otra vez.
—¿Es cierto eso? —preguntó Robasio a Muñoz en voz baja.
Muñoz no contestó, estaba sudando como cada vez que se ponía nervioso y se acomodó la corbata. Miró hacia atrás y vio a dos policías firmes ante la entrada. ¿Cómo saben que usé esos cracks y que la copia es ilegal?, pensaba mientras miraba al abogado sin poder decir palabra.
—Por lo tanto —prosiguió el hombrecito—, “Poseídas” nos pertenece tal como lo dice la licencia de uso violada por el señor Carlos Muñoz, quien además adeuda todas y cada una de las actualizaciones, lo que suma la cantidad de dos millones de créditos internacionales, que si no son pagados en este mismo acto, nuestra empresa pide que sea puesto en custodia hasta tanto cancele la deuda con sus correspondientes intereses.
El juez hizo una seña a unos uniformados que esposaron a Muñoz.
—¡Ladrones, malditos! La obra es mía, mía —gritaba Muñoz. Los policías lo arrastraron y lo sacaron del recinto sin mucha delicadeza.
—¿Hay muchos que usan sus parches? —le preguntó Robasio a Catalano cuando vio que Muñoz ya no podía escucharlo.
—Muchos —respondió sonriendo Catalano.
—Admirable —dijo Robasio, entrecerrando los ojos.
—Vendo pocas licencias del hWord —dijo saliendo y apoyando la mano en el hombro del abogado—, son muy caras; pero como ve, estimado doctor, le encontré la vuelta para tener muchas ideas y además ya escritas; nadie lee las licencias de uso y todos quieren una copia del hWord sin pagar un centavo, así que les dejo los parches que son muy difíciles de instalar adrede, ¿sabe por qué?
—¿Por qué? —preguntó Robasio en la puerta del juzgado, disfrutando de un cigarro.
—Es en realidad un programa que me envía todos y cada uno de los patéticos manuscritos de estos perdedores —Catalano hizo una pausa como para que el abogado sopesara sus palabras.
—Usted se los roba —dijo con una sonrisa cómplice el abogado.
—No —lo corrigió sonriente—, el hWord es el coautor, no lo olvide. Y yo —dijo señalándose con el pulgar—, soy el autor del hWord. Ellos usan ilegalmente mi programa, haciendo enormes esfuerzos para instalar mis propios parches y cracks, ¿no soy genial? —preguntó, sonriente bajos sus mostachos, Catalano.
—Sí, sí —respondió molesto Robasio—, ahora págueme mi parte. Tal como se lo prometí, lo traje al juzgado para que usted se lo saque de encima usando todo el peso de la ley.
—Por supuesto, doctor —dijo dándole un cheque—. ¿Sabe? Son tan perezosos que tampoco se dan cuenta de que Hermes, además de ser el dios de la comunicación y de los médicos —Catalano hizo una pausa, creando suspenso— es el de los ladrones y los estafadores. ¡Soy un completo genio! —terminó de decir con una risotada.
Robasio lo miró asustado y apuró sus pasos hasta un taxi.
—Dios me valga con estos escritores. Sáqueme rápido de aquí —le dijo al chofer apenas abrió la puerta.
Les StelR-2 « Azul » – phrase 3
mercredi 28 décembre 2011
Les StelR-2 « Azul » – phrase 2
Projet C2C – pour info
Les Étoiles Filantes – « Réplique » / phrase 7
À propos de la rubrique « Question de lexique »
Les StelR-2 « Azul » – phrase 1
Projet C2C – le choix de l'équipe des « StelR-2 »
(merci à Elena d'avoir pris contact avec l'auteur pour la cession des droits)
(un très merci à l'auteur, Hugo Aqueveque d'avoir accepté de nous laisser publier sa nouvelle sur notre blog, de la traduire et de l'intégrer dans le projet C2C pour la journée d'étude organisée par l'Université de Paris X - Nanterre… Encore un bel accueil et une grande générosité !)
Amélie Rioual et Cloé Riou travailleront donc sur « Azul » – une nouvelle que, personnellement, j'aime beaucoup.
***
AZUL
HUGO AQUEVEQUE
Harry se levantó desganado esa mañana, como lo venía haciendo desde hacía treinta y siete años, no obstante se sintió preparado para terminar los planes especiales que tenía para esa jornada. Entró en su práctica ducha térmica de agua y aire comprimidos de un minuto y salió más despierto y animado, aunque la lentitud de sus movimientos fue inevitable. Al volver a su amplio dormitorio, pasó desnudo frente al espejo del baño, el único de su departamento, aunque evitó mirarse. Presionó un botón en la cabecera de la cama y las cortinas del ventanal se abrieron; de inmediato el vidrio se enroscó dejando ver la ciudad sin obstáculos. Fue aparente el limpio panorama, cuando se asomó confirmó el espeso smog de siempre que cubría de un gris tenebroso las gigantescas construcciones. Parecía un atardecer en pleno invierno, pero el reloj marcaba recién las siete de la mañana de un caluroso día de verano. La hermosa y nociva luz del sol permanecía latente sobre aquella capa de humo envenenado; como una contradicción aberrante la polución protegía a la ciudad de los rayos ultravioleta. Melancólico recordó los tiempos en que se podía ver el cielo en toda plenitud en el desértico clima de su niñez, donde ni siquiera había nubes que impidieran el resplandor de ese azul que ya no existía. Ahora sólo quedaban las imágenes y hologramas que jamás serían capaces de repetir las reales sensaciones que él había experimentado alguna vez. Eso definitivamente se había extinguido.
Escuchando a Bach se vistió con la escasa destreza que su cúmulo de años le permitía. Después, ya ataviado con sus prendas de látex, se encaminó hacia la puerta del ascensor en la misma habitación. A una orden oral el elevador comenzó a bajar veloz los doscientos pisos del rascacielos, entre tanto se acomodó unos grandes anteojos que se adhirieron a su piel como ventosas, en cuyos lentes se activaba una pantalla. Arrastrando el anular de la mano derecha por una zona demarcada sobre su pantalón seleccionó en el cristal el enlace de su vehículo y lo puso en marcha.
Al abrirse el elevador, su compacto coche, que tenía forma de una media luna vuelta hacia abajo, lo esperaba. Montó en el único asiento y a un mandato oral el vehículo rodó con lentitud hacia la salida de la torre. El transporte era estrecho, no tenía palancas, pedales, volante ni espejos, y a él se le antojaba como un sarcófago con ventanillas polarizadas, donde su ocupante podía viajar, incluso, recostado y dormido. El senil pasajero marcó su destino; luego de un par de segundos, en el diminuto monitor de sus gafas, un mensaje de Autorizado por la Central de Tránsito y otro de Ruta asignada parpadearon junto con un sinnúmero de anotaciones menores. Se confortó al percatarse de que le correspondió la cuarta pista, la única que dejaba ver por lo menos los edificios y el oscuro cielo; las otras eran como viajar por túneles y no le agradaban. Ya raudo por la autopista, intentó mirar su resumen noticioso favorito en la pantalla, pero no pudo concentrarse. Sus pensamientos andaban en otro lugar; era la nostalgia simbolizada en aquel azul que por más que trataba no evocaba con nitidez, y con ello su pasado se extinguía sin remedio. El smog, las luces, las altas construcciones y los otros vehículos que transitaban a su alrededor se desvanecían poco a poco; su pensamiento y su razón hacían un viaje distinto, partían al pasado, al reducido fondo de recuerdos que guardaba en su memoria, recuerdos como residuos de un sueño. Ahí casi no habían imágenes ni voces ni sensaciones, sólo afirmaciones que apenas distinguía: nombres, fechas, lugares y acontecimientos que si no los tuviera de antemano por ciertos hubiese dudado de ellos.
Había estudiado medicina, aunque en definitiva la carrera que siguió no fue la de médico sino la de empresario en el rubro. Estableció varias compañías, una de las cuales se convirtió en una verdadera mina de oro que le dio fortuna y fama mundial. Esos habían sido los buenos tiempos; ahora se encontraba en el ocaso de su existencia, convertido en un anónimo y filantrópico anciano que intentaba vivir sus últimos días en soledad. Lo tuvo todo, en especial amor, salud y dinero. El verdadero amor se había ido con la muerte de su mujer hacía 37 años; la riqueza material le sobraba; y la salud fue fácil conservarla, porque a esas alturas ya nadie se enfermaba, ni siquiera en la hambrienta Europa, además la tecnología permitía recuperar o reemplazar casi cualquier miembro u órgano humano, y si no se podía, siempre estaba la opción de la criogenización. Él se había sometido a muchas operaciones; su corazón, estómago y pulmones eran máquinas de longeva duración certificadas desde fábrica, la mayoría de sus huesos consistían en estructuras de firme titanio, sus músculos permanentemente reforzados con inserciones de material semibiológico, al igual que sus venas limpiadas y regeneradas cada lustro. Y la piel de su cuerpo la había estirado tantas veces que la tenía tan delgada como la cáscara de una cebolla. Le repugnaba su reflejo en el espejo y mirar los venosos rostros de los demás, y daba gracias por la imperante moda de vestir todo el cuerpo, incluso la cara con esos enormes anteojos digitales.
El sonido intermitente de una sutil alarma lo sacó de sus cavilaciones, estaba a un minuto de su destino, una de sus innumerables clínicas de asistencia. Una sonrisa cómplice lo regocijó al imaginar lo curioso que se sentiría ser cliente de su propia empresa, la que estaba en las confiables manos de uno de sus herederos, quien en persona trataría su caso a pesar de no ser su labor.
Harry había nacido el año setenta y dos del siglo XX y la fecha de ese día correspondía el año veintiocho del siglo XXII, tenía ciento cincuenta y seis años de edad, una centuria exacta más de lo que había vivido su padre. Había olvidado el rostro de su progenitor y ése era el recuerdo perdido que más le dolía. Fue el primero en morir, bastantes años antes que su madre y mucho antes que sus hermanos, y aunque poseía fotografías e imágenes en video de la época, a su padre lo veía como a un completo extraño, nunca podía dibujar su rostro sin la ayuda de las fotos que guardaba, ni hablar de los sentimientos, no los sentía más que como una obligación, porque sabía que habían sido muy fuertes alguna vez. Temía que era demasiado el tiempo que los separaba y demasiadas las cosas que su cerebro y su corazón no podían retener. Eso lo avergonzaba ante la memoria de quien le dio el ser y la formación. No cabía duda, su generación había dado un salto tecnológico tan antinatural que el metabolismo humano no pudo asimilar, los hombres no estaban evolucionados para vivir tantos años… ni para recordarlos.
En el portal del edificio lo recibió Héctor, su tataranieto, y después de un breve e íntimo intercambio de palabras pasaron a una iluminada habitación en el centésimo nivel. Ahí se vistió con unas cómodas prendas hospitalarias que llevaban su apellido impreso a un costado, al igual que toda la maquinaria y mobiliario. Estaba tranquilo, ya acostumbrado por tantos paseos por esas salas, aunque el caso fuera diferente. Se recostó en una ostentosa cama de metal cromado, respiró sereno mientras su joven pariente en silencio preparaba dos catéteres, que en breve le incrustó, con destreza y sin causarle dolor, a la yugular. Pronto Héctor se acercó de nuevo y le puso en su mano derecha un diminuto aparato de liviano metal negro.
—Cuando tú quieras, viejo —le dijo con afecto. Según las reglas el propio cliente debía accionar la máquina.
—Ahora mismo, muchacho, antes de que me arrepienta —y sonriendo nervioso presionó el botón oscuro del aparato en sus manos.
Algo asustado, notó como un líquido azulino subió por la manguera hasta inyectarse en su vena. Se relajó en el momento en que sintió la gélida substancia entrando en su cuerpo. Una sonrisa infantil, pero legítima, se dibujó en su cara deformada por las numerosas cirugías, mientras recordó con nitidez —o soñó— un momento exacto de su pasado: «Se vio siendo niño, lo experimentó como si estuviera allí. Se encontraba en una playa, junto a su padre. El sol repuntaba radiante sobre sus tibias cabezas mientras pescaban envueltos en una templada brisa marina. Se sintió maravillado… y ansioso observó el jovial y sereno rostro de su progenitor que le sonreía. Al mirarlo lo sintió suyo como no lo sentía hace más de cien años, de su sangre y de su carne... como a un hijo que murió joven. Vio en sus profundos ojos azulados, que no recordaba hasta ese entonces, el reflejo del azul del mar, el resplandor del azul del cielo, el azul que nunca más sería, ése que cuando nació por derecho le correspondió y que había dejado el planeta hacía años, y que él debió acompañar. Y en ese preciso momento tuvo la certeza de que el haber alargado su vida de esa manera había sido un imperdonable error, que esa vida extra no le fue asignada por Dios o quien fuera, nunca la quiso en realidad, y se arrepintió por tantos años de existencia inútil y forzada».
Al irse durmiendo, mientras lágrimas dulces y amargas acariciaban su piel, escuchó a Héctor que, como la lejana voz de un ángel, le hablaba:
—Hasta siempre abuelo… se te va a extrañar aquí —era su último adiós, pues, en esos tiempos de inmortales artificiales su lucrativa empresa se dedicaba a dar el oneroso servicio del suicidio asistido y Harry, cansado y solo, ya no deseaba vivir más.
Luego, un líquido rojo intenso subió por otro de los tubos hacia sus añejas y fatigadas venas, pero el anciano ya estaba dormido, y en su sueño nada más que el azul existía.
Julio 2001.
mardi 27 décembre 2011
La chanson du mardi, choisie par Elena
http://youtu.be/Sb4xBrCdH7k
http://youtu.be/1gb5L5cgsiI
Danse :
http://youtu.be/e55a6jFAEwU
Los indios Warao (musique de fond, bof...):
http://youtu.be/s4GuV-wMqOU
lundi 26 décembre 2011
samedi 24 décembre 2011
vendredi 23 décembre 2011
Les Étoiles Filantes – « Réplique » / phrase 6
Je me demande…
Et la poésie, ça sert à quoi ? La réponse de C. Peri Rossi
Qu'est-ce que la matière poétique et qu'en fait le poète ? La réponse de C. Peri Rossi
Les Étoiles Filantes – « Réplique » / phrase 5
jeudi 22 décembre 2011
Les Étoiles Filantes – « Réplique » / phrase 4
Projet Fuentes
Projet C2C – Les StelR-2
mercredi 21 décembre 2011
Les Étoiles Filantes – « Réplique » / phrase 3
Précision à propos des commentaires – Projets C2C
De l'utilité de communiquer avec les auteurs…
mardi 20 décembre 2011
« Las traducciones literarias al español, un arte complejo », par Jorge Fondebriden
Lisez et relisez José Martí…, amis traducteurs
Hay una raza vil de hombres tenaces
De sí propio inflados, y hechos todos,
Todos, del pelo al pie, de garra y diente:
Y hay otros, como flor, que al viento exhalan
En el amor del hombre su perfume.
Como en el bosque hay tòrtolas y fieras
Y plantas insectívoras y pura
Sensitiva y clavel en los jardines.
De alma de hombres los unos se alimentan:
Los otros su alma dan a que se nutran
Y perfumen su diente los glotones,
Tal como el hierro frío en las entrañas
De la virgen que mata se calienta.
A un banquete se sientan los tiranos
Donde se sirven hombres; y esos viles
Que a los tiranos aman, diligentes
Cerebro y corazòn de hombres devoran:
Pero cuando la mano ensangrentada
Hunden en el manjar, del mártir muerto
Surge una luz que les aterra, flores
Grandes como una cruz súbito surgen
Y huyen, rojo el hocico, y pavoridos
A sus negras entrañas los tiranos.
Los que se aman a sí: los que la augusta
Razòn a su avaricia y gula ponen:
Los que no ostentan en la frente honrada
Ese cinto de luz que el yugo funde
Como el inmenso sol en ascuas quiebra
Los astros que a su seno se abalanzan:
Los que no llevan del decoro humano
Ornado el sano pecho: los menores
Y segundones de la vida, sòlo
A su goce ruin y medro atentos
Y no al concierto universal.
Danzas, comidas, músicas, harenes,
Jamás la aprobaciòn de un hombre honrado.
Y si acaso sin sangre hacerse puede
Hágase... clávalos, clávalos
En el horcòn más alto del camino
Por la mitad de la villana frente,
A la grandiosa humanidad traidores.
Como implacable obrero
Que un féretro de bronce clavetea,
Los que contigo
Se parten la naciòn a dentelladas.

