jeudi 2 février 2012

Agrégation interne 2012 – Le thème (propositions de traduction)

Encore merci à Laëtitia, Odile et Sandrine !


Assis dans les souffles de l'Adriatique, dans un bateau sur l'Adriatique,  Michel-Ange regrette. Son estomac se tord, ses oreilles bourdonnent, il a peur. C'est la vengeance divine, cette tempête. Au large de Raguse, puis devant 1a Morée, il a en tête la phrase de saint Paul : « pour apprendre à prier il faut aller sur
la mer », et la comprend. L'immensité de la plaine marine l'effraie. Les mousses parlent un affreux patois nasillard qu'il n'entend qu'à moitié.
Il a quitté Florence le 1er mai pour s'embarquer à Ancône, après six jours d'hésitation. Les franciscains sont revenus à trois reprises, à trois reprises il les a renvoyés en leur demandant d'attendre encore. Il a lu et relu la lettre du sultan, en espérant qu'un signe du pape mette entre-temps fin à ses incertitudes. Jules II devait être trop occupé avec sa basilique et les préparatifs d'une nouvelle guerre. Après tout, servir le sultan de Constantinople voilà une belle revanche sur le pontife belliqueux qui 1'a fait jeter dehors comme un indigent. Et la somme offerte par le Grand Turc est faramineuse. L'équivalent de cinquante mille ducats, soit cinq fois plus que le pape l'a payé pour deux ans de travail. Un mois. C'est tout ce que demande Bayazid. Un mois pour projeter, dessiner et débuter le chantier d'un pont entre Constantinople et Péra, faubourg septentrional. Un pont pour traverser ce que l'on appelle la Corne d'Or, le Khrusokeras des Byzantins. Un pont au milieu du port d'Istanbul. Un ouvrage de plus de neuf cents pieds de long. Michel- Ange a mollement essayé de persuader les franciscains qu'i1 n'était pas qualifié. Si le sultan vous a choisi, c'est que vous l'êtes, maître, ont-ils répondu. Et si votre dessin ne convient pas au Grand Turc, il le refusera, tout comme i1 a déjà refusé celui de Léonard de Vinci. Léonard ? Passer après Léonard de Vinci ? Après ce lourdaud qui méprise la sculpture ? Le moine, sans trop s'en rendre compte, a immédiatement trouvé les mots pour convaincre Michel-Ange: Vous le dépasserez en gloire si vous acceptez, car vous réussirez là où il a échoué, et donnerez au monde un monument sans pareil, comme votre David.


Mathias Énard, Parle-leur de batailles, de rois et d'éléphants, 2010.


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La proposition de Laëtitia :


Sentado en un barco sobre el Adriático,  en los soplos del Adriático, Miguel Ángel se lamenta. Se le tuerce el estómago, le zumban los oídos, tiene miedo. Es la venganza divina esta tormenta. A la altura de Ragusa y luego delante de la Morea, se le ocurre la frase de San Pablo : « para aprender a rezar hay que ir por el mar », y la comprende. La inmensidad de los espacios marinos le asusta. Los grumetes hablan un horrible dialecto gangoso del que no entiende más que la mitad.
Dejó Florencia el primero de mayo para embarcar en Ancona, después de haber vacilado seis días. Los franciscanos regresaron tres veces, tres veces les despidió rogándoles que siguieran esperando. Leyó y volvió a leer la carta del sultán, con la esperanza de que un gesto del papa pusiera fin mientras tanto a sus incertidumbres. Julio II estaría demasiado ocupado con su basílica y los preparativos de una nueva guerra. Con todo, servir al sultán de Constantinopla eso sí que es una bella revancha sobre el pontífice belicoso que mandó que lo echaran fuera como a un indigente. Y la suma oferta por el Gran Turco es asombrosa. El equivalente de cincuenta mil ducados, o sea cinco veces más de lo que el papa lo pagó por dos años de trabajo. Un mes. Es lo único que pide Bayazid. Un mes para hacer proyectos, dibujar y empezar la construcción de un puente entre Constantinopla y Pera, arrabal septentrional. Un puente para atravesar lo que se llama el Cuerno de Oro, el Khrusokeras de los Bizantinos. Un puente en medio del puerto de Estambul. Una obra de más de novecientos pies de largo. Miguel Ángel intentó persuadir con remolonería a los franciscanos de que no era calificado. Si el sultán lo eligió a usted, es que lo es, maestro, contestaron. Y si su dibujo no le conviene al Gran Turco, éste lo rechazará, así como ya rechazó el de Leonardo da Vinci. ¿ Leonardo ? ¿ Pasar después de Leonardo da Vinci ? ¿ Después de ese zafio que desprecia la escultura ? El monje, sin darse realmente cuenta, encontró de inmediato las palabras para convencer a Miguel Ángel : Usted lo superará en gloria si acepta, ya que logrará lo que él fracasó, y usted dará al mundo un monumento sin par, como su David.


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La proposition d'Odile et Sandrine

Sentado en las brisas del Adriático, en un barco por las aguas del Adriático, Miguel Ángel se arrepiente. El estómago se le retuerce, le zumban los oídos, tiene miedo. Es la venganza divina esta tempestad. A la altura de Ragusa y luego frente a la Morea, tiene en la mente la frase de San Pablo : « Para aprender a rezar hay que ir por el mar », y la entiende. La inmensidad del espacio marino le espanta. Los grumetes hablan un horrososo dialecto gangoso del que no comprende todo.
El primero de mayo, salió de Florencia para embarcar en Ancona tras seis días de indecisión. Los franciscanos volvieron tres veces, y tres veces los despidió pidiéndoles que esperaran todavía más tiempo. Leyó una y otra vez la carta del sultán, esperando que una señal del papa acabara mientras tanto con su incertidumbre. Julio II debía de estar demasiado ocupado con su basílica y los preparativos de una nueva guerra. Al fin y al cabo, servir al sultán de Constantinopla eso sí que es una buena revancha sobre el pontífice belicoso que lo echó afuera como a un indigente. Y la cantidad de dinero ofrecida por el Gran Turco es enorme. El equivalente de cincuenta mil ducados, o sea cinco veces más de lo que le pagó el papa por dos años de trabajo. Un mes. Es lo único que pide Bayazid. Un mes para proyectar, dibujar y empezar la obra de un puente entre Constantinopla y Péra, arrabal septentrional. Un puente para atravesar lo que llaman el Cuerno de Oro, el Khrusokeras de los bizantinos. Un puente en medio del puerto de Estambul. Una construcción larga de más de nueve cientos pies. Miguel Àngel intentó sin mucho empeño de convencer a los franciscanos de que él no era capacitado. Si el sultán lo eligió a usted, es porque usted lo es, maestro, le contestaron. Y si su dibujo no le conviene al Gran Turco, éste lo rechazará, como ya rechazó el de Leonardo da Vinci. ¿ Leonardo ? ¿ Pasar después de Leonardo da Vinci ? ¿ Después de ese patán que desprecia la escultura ? El fraile, sin darse cuenta realmente, encontró enseguida las palabras para convencer a Miguel Ángel : Usted le sobrepasará en fama si acepta, porque usted triunfará donde él fracasó, y usted dará al mundo un monumento sin par, como su David.

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