lundi 10 janvier 2011

Et si on lisait un poème de García Lorca ?

En photo : Federico García Lorca
par crisfusterber

-Los dos lo han querido- me dijo su madre-. Los dos… .
-No es posible, Señora, dije yo. Usted tiene demasiado temperamento y a su edad ya se sabe por qué caen los alfileres del rocío.
-Calle Vd. Luciano, calle Vd… .
No, no, Luciano no.
-Para resistir este nombre, necesito contener el dolor de mis recuerdos. ¿Y usted cree que aquella pequeña dentadura y esa mano de niño que se han dejado olvidada dentro de la ola, me pueden consolar de esta tristeza?
-Los dos lo han querido- me dijo su prima-. Los dos.
Me puse a mirar el mar y lo comprendí todo.
¿Será posible que del pico de esa paloma cruelísima que tiene corazón de elefante salga la palidez lunar de aquel trasatlántico que se aleja?
-Recuerdo que tuve que hacer varias veces uso de mi cuchara para defenderme de los lobos. Yo no tengo culpa ninguna; usted lo sabe. ¡Dios mío! Estoy llorando.
-Los dos lo han querido – dije yo-. Los dos. Una manzana será siempre un amante, pero un amante no podrá ser jamás una manzana.
-Por eso se han muerto, por eso. Con 20 ríos y un solo invierno desgarrado.
-Fue muy sencillo. Se amaban por encima de todos los museos.
Mano derecha,
con mano izquierda.
Mano izquierda,
con mano derecha.
Pie derecho,
con pie derecho.
Pie izquierdo,
con nube.
Cabello,
con planta de pie.
Planta de pie,
con mejilla izquierda.
¡Oh mejilla izquierda! ¡Oh, noroeste de barquitos y hormigas de mercurio!… Dame el pañuelo Genoveva; voy a llorar … Voy a llorar hasta que de mis ojos salga una muchedumbre de siemprevivas… . Se acostaban.
No había otro espectáculo más tierno.
¿Me ha oído usted?
¡Se acostaban!
Muslo izquierdo,
con antebrazo izquierdo.
Ojos cerrados,
con uñas abiertas.
Cintura, con nuca,
y con playa.
Y las cuatro orejitas eran cuatro ángeles en la choza de la nieve. Se querían. Se amaban. A pesar de la Ley de la gravedad. La diferencia que existe entre una espina de rosa y una Star es sencillísima.
Cunado descubrieron esto, se fueron al campo. -Se amaban.
¡Dios mío! Se amaban ante los ojos de los químicos.
Espalda con tierra,
tierra, con anís.
Luna, con hombro dormido.
Y las cinturas se entrecruzaban con un rumor de vidrios.
Yo vi temblar sus mejillas cuando los profesores de la Universidad les traían miel y vinagre en una esponja diminuta. Muchas veces tenían que espantar a los perros que gemían por las yedras blanquísimas del lecho. Pero ellos se amaban.
Eran un hombre y una mujer,
o sea,
un hombre
y un pedacito de tierra,
un elefante
y un niño,
un niño y un junco.
Eran dos mancebos desmayados
y una pierna de níquel.
¡Eran los barqueros!
Sí.
Eran los terribles barqueros del Guadiana que machacan con sus remos todas las rosas del mundo.
El viejo marino escupió el tabaco de su boca y dio grandes voces para espantar a las gaviotas. Pero ya era demasiado tarde.
Cuando las mujeres enlutadas llegaron a casa del Gobernador éste comía tranquilamente almendras verdes y pescados fríos en un exquisito plato de oro. Era preferible no haber hablado con él.
En las Islas Azores.
Casi no pude llorar.
Yo puse dos telegramas, pero desgraciadamente ya era tarde.
Muy tarde.
Sólo sé deciros que dos niños que pasaban por la orilla del bosque, vieron una perdiz que echaba un hilito de sangre por el pico.
Esta es la causa, querido capitán, de mi extraña melancolía.

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