mardi 23 novembre 2010

Tout ça, c'est bien joli, mais et vous…

En photo : Bar "El Chino", A Puro...
par Monica2362

… comment vous l'appelleriez, le bar de Jojo ?

La chanson du mardi, choisie par Olivier

Rodrigo y Gabriela, Tamacun

Un peu de lecture : « Cuba : le récit des « enfants Peter Pan », victimes d'un exil forcé », Rue 89

http://www.rue89.com/panamericana/2010/11/22/cuba-le-recit-des-enfants-peter-pan-victimes-dun-exil-force-177096

Celle-ci, elle est pour Perrine

En photo : en tus manos está...
par Paula G. Furió

Feuille de route habituelle. Origine, sens et traduction de l'expression :

« Bonne main »

Comme annoncé…

… il nous faut établir notre classement des propositions des étudiantes de L3 pour le nom du bar du maintenant célèbre Jojo, alias l'Homme au Petits Jaunes.
Chacun fera son classement via les commentaires.
Voici :

- La cave à Jacky
- À la Gerboise
- Chez Jacky
- Aux Joyeux Gaillards
- Chez Bébert
- Le bar de l'Affreux Jojo

Petit lexique des vêtements et accessoires, par Julie Sanchez

En photo : "On Se Reverra,...
par Pratt Libraries












Vêtements et accessoires (anciens) et tissus.

Vêtements et accessoires :
1) Un pourpoint : Un jubón
2) Une redingote : Una levita
3) Une queue-de-pie : Un chaqué
4) Un plastron : Una pechera
5) Un corset : Un corsé ; Une guêpière : Una picardía ; Un corsage : Una blusa
6) Une baleine : Una ballena
7) Une cape : Una capa
8) Un jupon : Unas enaguas
9) Une traine : Una cola (la bata de cola est une robe de flamenco à traine)
10) Une crinoline : Una miriñaque
11) Des bas : Unas medias ; Des collants : Unos leotardos ; Des guêtres : Unas polainas ; Une gaine : Una faja
12) Une jarretière : Una liga ; Un porte-jarretelles : Un liguero
13) Un brodequin : Un borceguí ; Un sabot : Un zueco ; Une espadrille : Una alpargata ; Une mule : Una chinela
14) Une capeline : Una pamela ; Un canotier : Un canotié/Un sombrero de paja
15) Un tricorne : Un tricornio
16) Un chapeau haut-de-forme : Un sombrero de copa
17) Un chapeau melon : Un bombín/Un sombrero hongo
18) Des mitaines : Unos mitones
19) Un jabot : Una chorrera/Una pechera
20) Un décolleté : Un escote
21) Une ombrelle : Una sombrilla/Un quitasol
22) Une boutonnière : Un ojal
23) Des boutons de manchette : Unos gemelos
24) Des lacets : Unos cordones ;
25) Un ruban : Una cinta
26) Des boutons : Unos botones
27) Un nœud-papillon : Una pajarita


Tissus :
28) La mousseline : La muselina
29) L’organdi : El organdí
30) Le lin : El lino
31) Le taffetas : El tafetán
32) Le velours : El terciopelo ; Le velours côtelé : La pana
33) Le satin : El raso/El satén
34) La dentelle : El encaje/La puntilla
35) Le cachemire : El cachemir
36) Le tulle : El tul
37) La flanelle : La franela
38) La jute : El yute ; Le chanvre : El cáñamo
39) Le daim : El ante
40) Le feutre : El fieltro
41) Le crochet : El punto de ganchillo
42) La broderie : El bordado

Version à rendre pour le 6 décembre

En photo : risa II
par caro rios

Deploro a los lectores que vienen a decirme que "se rieron" con mis libros, y me quejo amargamente de ellos. Lo he hecho en forma oral o por escrito cuantas veces se ha presentado la ocasión. Es un lamento constante en mí; puedo decir sin exagerar que esos comentarios han envenenado mi vida de escritor. Me repito, es inevitable, pero se debe a que la causa también se repite, me lo dicen de cada libro que publico: cómo me reí, cómo me reí. Todos mis libros, todos mis lectores. No voy a extenderme en los motivos por los que aborrezco del humor en la literatura (eso es cosa mía), porque creo que aunque mis ideas al respecto fueran distintas, y hasta opuestas, la reincidencia, ya tan previsible, de ese "elogio", seguiría siendo un gesto descortés, con un matiz paternalista, desdeñoso, y, conociendo mis sentimientos, directamente agresivo. Cuando lo comento con amigos o colegas, siempre me responden que mis novelas contienen efectivamente elementos humorísticos, incluso chistes, y que es inevitable reírse porque funcionan, son eficaces, ingeniosos, originales. Me dan ejemplos, con los que ellos mismos se rieron en su momento, y cuando me los cuentan a veces yo también me río, ya que estoy. Pero ahí no está el problema. Me molesta que me lo digan, y que sea lo único que me dicen. Si se quedaron ahí, es porque no encontraron nada más. La risa es la única reacción que me mencionan. Nunca me dicen que se conmovieron, o que se interesaron, o que los hizo pensar o soñar. "Leí tu último libro: ¡cómo me reí!" Ahí se termina todo. Y si advierten, por mi silencio o mi cara de disgusto, que el elogio cayó mal, y quieren explayarse para arreglarlo, me cuentan "cómo" se rieron: a carcajadas, con lágrimas que les impedían seguir la lectura, hasta que les dolían las costillas, hasta que la esposa venía a preguntarles qué les pasaba, etc. Una vez o dos o tres yo lo habría aceptado de buena gana; no soy un maniático. ¿Pero treinta años de oír lo mismo? ¿Decenas de libros de risas y nada más que risas? No puedo concebir que a un escritor de verdad, a cualquiera de mis ídolos o modelos, se le acercaran los lectores a decirles cuánto se habían reído con sus libros. Los que tratan de consolarme me dicen que no hay mala intención: el libro les ha gustado, quieren decírmelo rápido y sin entrar en análisis que podrían parecer pedantes o fuera de lugar, y lo que encuentran más a mano es eso. Después de todo, la risa es un valor positivo; se asocia con la felicidad, con la alegría, con la satisfacción. No me convencen. Lo peor es cuando recurren a esa estúpida distinción: no se ríen "de" vos, se ríen "con" vos. ¿Ah sí? ¡Pero sucede que yo no me río cuando escribo! No podría decir por qué escribo (mucho menos podría decir por qué sigo escribiendo, después de tanta risa) pero puedo asegurar que no lo hago para provocarme, ni provocarle a nadie, una reacción visceral, irracional, animal, como es la risa, como no escribo para provocar ladridos o relinchos. Si es todo lo que tienen que decirme, prefiero que no me digan nada. Además, he dicho muchas veces que me molesta, que me deprime, ¿entonces por qué siguen haciéndolo? Y aunque no lo hubiera dicho, basta pensarlo un momento, basta tener el más leve conocimiento del trabajo solitario y difícil de un escritor, para darse cuenta de que es una grosería. Sólo estaría justificado con el autor de uno de esos libros que se llaman "Nuevos Chistes de Gallegos" o cosas por el estilo.

César Aira, Cómo me reí

À propos de l'atelier de traduction de Marianne Millon

Il y a un changement pour la séance de janvier : elle aura lieu le 14 et non le 21.

De la part de Vanessa

[merci Vanessa !]

Voici un lien qui pourrait être intéressant : c'est un site qui propose un panorama de livres en langue espagnole « dont les droits de traduction sont disponibles pour le marché français » ; je ne connais pas exactement sa valeur, mais je pense que nous – les apprentis – pouvons y jeter un coup d'œil.

http://www.newspanishbooks.fr/page/qui-sommes-nous

Version pour le 20 novembre

En septiembre de 1842, cuando todavía no dan paso las nieves que se acumulan durante el invierno sobre la areta central de los Andes, un grupo de viajeros pretendía desde Chile atravesar aquellas blancas soledades, en que valles de nieve conducen a crestas colosales de granito que es preciso escalar a pie, apoyándose en un báculo, evitando hundirse en abismos que cavan ríos corriendo a muchas varas debajo; y con los pies forrados en pieles, a fin de preservarse del contacto de la nieve que, deteniendo la sangre, mata localmente los músculos haciendo fatales quemaduras.
Los Penitentes ; columnas y agujas de nieve que forma el desigual deshielo, según que el aire o el sol hieren con más intensidad, decoran la escena, y embarazan el paso cual escombros y trozos de columnas de ruinas de gigantescos palacios de mármol. Los declives que el débil calor del sol no ataca, ofrecen planos más o menos inclinados, según la montaña que cubren, y descenso cómodo y lleno de novedad al viajero, que sentado se deja llevar por la gravitación, recorriendo a veces en segundos distancias de miles de varas. Este es quizá el único placer que permite aquella escena, en que lo blanco del paisaje sólo es accidentado por algunos negros picos demasiado perpendiculares para que la nieve se sostenga en sus flancos, formando contraste con el cielo azul-oscuro de las grandes alturas.
Los temporales son frecuentes en aquella estación, y aunque hay de distancia en distancia casuchas para guarecerse, si no se ha tenido la precaución de examinar el aspecto del campanario, que es el más elevado pico vecino, y asegurarse de que ninguna nubecilla corona sus agujas, o vapores cual lana desflecada empiezan a condensarse a sus flancos, grave riesgo se corre de perecer, perdido el rumbo entre casucha y casucha, casi cegadas por la caída de copos de nieve tan densa que no permite verse las manos.
Aquella vez no eran los viandantes ni el correísta que lleva la valija a espaldas de un mozo de cordillera, ni transeúntes, de ordinario extranjeros que buscan este arriesgado paso del Atlántico al Pacífico. Eran emigrados políticos que, a esa costa, regresaban a su patria contando con incorporarse al ejército del general La Madrid, antes que se diese la batalla que venía a librarle el general Oribe a marchas forzadas desde Córdoba.

Domingo F. Sarmiento, El Chacho (1898)

***

Julie nous propose sa traduction :

En septembre 1842, quand les neiges qui s’accumulent pendant l’hiver sur l’arête centrale des Andes n’ont pas encore fondu, un groupe de voyageurs prétendait traverser ces blanches solitudes depuis le Chili. Là où des vallées de neige conduisent à des crêtes colossales de granit qu’il faut escalader à pied, en s’appuyant sur une canne et en évitant de s’enfoncer dans des abîmes que creusent des rivières qui coulent de nombreux mètres plus bas ; et avec les pieds recouverts de cuir, afin de se préserver du contact de la neige qui, en stoppant le sang, tue localement les muscles au moyen de fatales brûlures.
Les Pénitents : des colonnes et des aiguilles de neige formées par le dégel imparfait, selon si l’air et le soleil meurtrissent plus intensément. Ces décombres et ces morceaux de colonnes de ruines de gigantesques palais en marbre décorent la scène et gênent le passage. Les pentes que la faible chaleur du soleil n’attaque pas, offrent des plans plus ou moins inclinés, selon la montagne qu’elles couvrent, ainsi qu’une descente pratique et pleine de nouveauté au voyageur qui, assis, se laisse porter par la gravitation, parcourant parfois en quelques secondes, des dizaines de milliers de mètres. Cela est sans doute l’unique plaisir que permet cette scène, où le blanc du paysage n’est accidenté que par quelques pics noirs trop perpendiculaires pour que la neige demeure sur leurs flancs, formant un contraste avec le ciel bleu foncé des grandes altitudes. Les tempêtes sont fréquentes en cette saison-là. Bien qu’il y ait, entre chaque distance parcourue, des bicoques pour s’abriter, si on n’a pas pris la précaution d’examiner l’aspect du Campanario, qui est la pointe voisine la plus élevée, et de s’assurer qu’aucun petit nuage ne couronne ses aiguilles, ou que des vapeurs à la laine effrangée ne commencent à se condenser sur ses flancs, on court un grand risque de périr, la direction perdue de bicoque en bicoque, presque effacées par la chute de flocons de neige, si dense, qu’elle ne permet pas de voir ses mains. Cette fois-là, il ne s’agissait pas des promeneurs ou du facteur qui emmène sa sacoche sur le dos d’un porteur de cordillère, ni de passants, d’ordinaire des étrangers qui recherchent ce passage risqué de l’Atlantique au Pacifique. C’était des émigrés politiques qui, à ce prix, retournaient dans leur patrie avec l’intention d’entrer dans l’armée du Général La Madrid, avant de mettre les bouchées doubles pour livrer la bataille qui allait libérer le Général Oribe depuis Córdoba.

***

Stéphanie nous propose sa traduction :

En septembre 1842, alors que la neige qui s'accumule durant l'hiver sur l'arête centrale des Andes empêche le passage, un groupe de voyageurs en partance du Chili aspirait à traverser ses blanches solitudes, là où les vallées enneigées conduisent à de colossales crêtes de granit qu'il est impératif de gravir à pied, en appui sur une canne, pour éviter de s'enfoncer dans des abîmes creusés par des fleuves qui coulent largement en contrebas ; les chaussures doublées avec du cuir, afin de se préserver du contact de la neige qui, glaçant le sang, tue localement les muscles provoquant ainsi de fatales brûlures.
Les Pénitents : des colonnes et des pointes de glace formées par l'inégal dégel, selon que l'air ou le soleil n'attaquent avec davantage d'intensité, décorent le paysage, mais de tels décombres et de tels restes de colonnes de gigantesques palais en ruine gênent l'accès. Les pentes, que la faible chaleur émise par le soleil n'endommage pas, offrent des plats plus ou moins inclinés, en fonction de la montagne qu'ils cachent, ainsi qu'une descente agréable et truffées de nouveautés pour le voyageur qui, assis, se laisse porter par la gravitation, parcourant parfois en quelques secondes des milliers de pouces. C'est peut-être là, le seul plaisir que ne permette cette scène , où le blanc paysage est uniquement maculé de quelques sommets noirs trop perpendiculaires pour que la neige ne reste sur ses flancs, créant ainsi un contraste avec le ciel bleu-foncé des grandes hauteurs.
Les tempêtes sont courantes à cette saison-là, bien qu'il y ait de loin en loin des refuges pour s'abriter, si l'on n'a pas pris le soin de vérifier l'état du Campanario, la cime proche la plus haute ni de s'assurer qu'aucun nuage ne surplombe ses pointes, ou que les vapeurs telles la laine effrangée ne commencent à se condenser sur ses flancs ; il y a un grand risque d'y laisser sa vie : perdu au milieu des refuges, rendus presque invisibles par la chute de flocons de neige si dense qu'elle ne permet même pas de voir ses propres mains. Ce jour-là, ce n'étaient ni les promeneurs, ni le facteur qui charrie sa sacoche sur le dos d'un porteur de la Cordillère, ni les voyageurs, d'ordinaire, des étrangers en quête de cette dangereuse traversée de l'Atlantique au Pacifique. C'étaient des émigrés politiques qui, à ce prix, retournaient dans leur patrie, où ils comptaient sur le fait d'intégrer l'armée du général La Madrid, avant que ne commençât la bataille qu'allait livrer contre lui le général Oribe, qui progressait à toute vitesse depuis Cordoba.

***

Laëtitia Sw nous propose sa traduction :

En septembre 1842, alors que les neiges accumulées durant l’hiver sur l’arête centrale des Andes font encore barrage, un groupe de voyageurs tentait, depuis le Chili, de traverser ces blanches solitudes, où des vallées enneigées conduisent à des crêtes colossales de granit qu’il faut escalader à pied, à l’aide d’un bâton, en évitant de sombrer dans des gouffres creusés par des rivières qui courent de nombreuses aunes plus bas, et les pieds emmitouflés dans des fourrures, afin de se préserver du contact de la neige, laquelle, en figeant le sang, tue localement les muscles, ce qui occasionne des brûlures fatales.
Les Pénitentes, colonnes et aiguilles de neige formées par l’inégal dégel, selon que l’air ou le soleil frappent avec plus ou moins d’intensité, décorent le paysage et obstruent le passage, tels les décombres et les morceaux de colonnes de gigantesques palais de marbre en ruine. Les versants que la faible chaleur du soleil n’attaque pas, offrent des plans plus ou moins inclinés, en fonction de la montagne qu’ils épousent, et une descente confortable, pleine de nouveauté, au voyageur, lequel, assis, se laisse porter par la gravité, parcourant parfois en quelques secondes des distances de milliers d’aunes. C’est peut-être le seul plaisir qu’autorise cette contrée, où la blancheur du paysage, contrastant avec le ciel bleu foncé des grandes hauteurs, n’est altérée que par quelques pics noirs trop abrupts pour que la neige tienne sur leurs flancs.
Les tempêtes sont fréquentes en cette saison et, bien qu’il y ait à distance fixe des cabanes pour s’abriter, si on n’a pas pris la précaution d’examiner l’aspect du clocher, le pic voisin le plus élevé, pour s’assurer qu’aucun petit nuage ne couronne ses aiguilles, ni que des vapeurs telle de la laine effrangée ne commencent à se condenser à ses flancs, on court le grave risque de périr, car on perd le sens de l’orientation de cabane en cabane, rendues quasiment invisibles par la chute de flocons d’une neige si dense qu’on ne voit pas ses propres mains.
Cette fois-là, il ne s’agissait pas d’itinérants, ni d’un garçon de la cordillère portant sa sacoche de courrier sur le dos, ni d’aventuriers, ordinairement des étrangers en quête de ce franchissement risqué de l’Atlantique au Pacifique. C’étaient des émigrés politiques qui, en dépit des circonstances, rentraient dans leur patrie pour s’enrôler dans l’armée du général La Madrid, avant le début de la bataille que le général Oribe venait lui livrer à grands pas depuis Córdoba.

***

Florian nous propose sa traduction :

En septembre 1842, alors que la neige accumulée durant l'hiver sur l'arête centrale des Andes, rend encore impossible le passage, un groupe de voyageurs prétendait, depuis le Chili, traverser ce désert blanc, où des vallées enneigées conduisent à de colossales crêtes de granite qu'il faut escalader à pied, en s'appuyant sur une crosse, tout en évitant de chuter dans les abîmes creusées par des rivières coulant plusieurs mètres plus bas; et avec les pieds doublés de fourrures pour se protéger du contact de la neige qui, du fait de couper la circulation sanguine, paralyse localement les muscles et cause des brûlures irréversibles.
Les pénitents: des colonnes et des lames de neiges formées par les irrégularités du dégel, liées à l'intensité variable de l'air et du soleil, décorent la scène,et dont les obstacles et les morceaux de colonnes pareils aux ruines de gigantesques palais de marbre gênent le passage. Les versants, sur lesquels les faibles rayons de soleil ne tapent pas, offrent des espaces plats plus ou moins inclinés, selon la partie de la montagne, et permettent au voyageur une descente pratique et remplie de nouveauté: assis, il se laisse glisser par la gravitation, parcourant parfois des milliers de mètres en quelques secondes. Ceci est peut-être l'unique plaisir que procure ce panorama-là, où la blancheur du paysage est seulement contrariée par certains pics noirs, trop perpendiculaires pour que la neige tienne sur leurs flancs, ce qui forme un contraste avec le ciel bleu foncé des hautes altitudes.
Les tempêtes sont monnaies courantes en cette saison, et bien qu'il y ait entre chaque étapes des refuges où s'abriter, si on n'a pas pris le soins de vérifier l'aspect du clocher, le plus élevé des alentours, et de s'assurer qu'aucun nuage ne couronne ses aiguilles ou que des vapeurs, à la laine effrangée, commencent à se condenser sur ses bords, on court probablement un sérieux danger: perdre le chemin entre les refuges, quasiment recouverts à cause de la chute de flocons de neige si denses qu'on ne distingue plus ses propres mains.
Cette fois-ci, ce n'étaient ni les randonneurs, ni le facteur transportant le sac de courrier sur le dos d'un jeune garçon andin, ni les voyageurs, d'ordinaire étrangers, qui risquent la traversée de cet dangereuse route de l'atlantique vers le pacifique. C'étaient des émigrés politiques qui, à ce prix-là, rejoignaient leur patrie dans l'espoir d'intégrer l'armée du général La Madrid, avant qu'éclate la bataille durant laquelle le général Oribe allait venir, d'un pas ferme et décidé, le libérer depuis Cordoba.

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Auréba nous propose sa traduction :

En septembre 1842, quand les neiges qui s’accumulent pendant l’hiver sur l’arête centrale des Andes n’ouvrent pas de passage, un groupe de voyageurs prétendait depuis le Chili traverser ces blanches solitudes, où des vallées de neige mènent à des sommets colossaux de granite qu’il faut escalader à pied, en s’appuyant sur un bâton, en évitant de s’enfoncer dans des abîmes que des fleuves creusent au-dessous , et les pieds couverts de fourrure, afin de se protéger du contact de la neige qui, en arrêtant la circulation sanguine, tue follement les muscles en faisant de mortelles brûlures.
« Los Penitentes »; des colonnes et des aiguilles de neige que forme l’inégal fonte selon que l’air ou le soleil blessent avec plus d’intensité, gênent le passage et décorent la scène comme des décombres et des morceaux de colonnes de ruines de gigantesques palais de marbre. Les pentes que la faible chaleur du soleil n’attaque pas, offrent des plans plus ou moins inclinés, selon la montagne qu’elles couvrent, et descente confortable et pleine de nouveauté pour le voyageur, qui, assis, se laisse entraîner par la gravitation, en parcourant parfois en quelques secondes plusieurs kilomètres. C’est peut-être l’unique plaisir que permet cette scène-là, où le blanc du paysage n’est accidenté que par quelques noirs sommets trop perpendiculaires pour que la neige ne demeure sur ses flancs, en créant un contraste avec le ciel bleu-foncé des grandes altitudes.
Les tempêtes sont fréquentes en cette saison, et même s’il y a à plusieurs distances des baraques pour s’abriter, si l’on n’a pas eu la précaution d’examiner l’aspect du Campanario, qui est le sommet le plus élevé, et de s’assurer qu’aucun petit nuage ne couronne ses aiguilles, ou des vapeurs, comme de la laine défaite, commencent à se condenser sur ses flancs, on court un grave risque de périr, ayant perdu le nord entre une baraque et une autre, presque dissimulées par la chute de flocons de neige tellement dense qu’elle ne permet pas de voir nos propres mains.
Cette fois-là, ce n’étaient ni les piétons ni le garçon qui porte la valise d’un promeneur sur son dos, ni des passants, d’ordinaire étrangers qui cherchent ce passage risqué de l’Atlantique au Pacifique. C’étaient des émigrés politiques qui, par ce biais, rentraient dans leur patrie en comptant s’incorporer à l’armée du général La Madrid, avant que n’éclate la bataille que venait livrer le général Oribe en mettant les bouchées doubles depuis Cordoba.

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Vanessa nous propose sa traduction :

En septembre 1842, quand les neiges qui s'accumulent durant l'hiver sur l'arête centrale des Andes ne permettent toujours pas de passer, un groupe de voyageurs prétendait traverser depuis le Chili ces solitudes blanches, là où des vallées de neige conduisent à des crêtes colossales de granit qu'il faut escalader à pied, à l'aide d'un bâton, évitant de s'enfoncer dans les abîmes que creusent les rivières quelques aunes plus bas, les pieds recouverts de peaux, pour les préserver du contact de la neige qui, en arrêtant la circulation du sang, tue localement les muscles, provoquant de fatales brûlures.
Los Penitentes : plus ou moins mutilées selon l'intensité de l'air ou du soleil, des colonnes et des aiguilles de neige formées par le dégel inégal décorent la scène, et pareils décombres et morceaux de colonnes des ruines de gigantesques palais de marbre gênent le passage. Les pentes que la faible chaleur du soleil n'attaque pas, selon la montagne qu'elles couvrent, offrent des plans plus ou moins inclinés, et des descentes faciles et pleines de nouveautés au voyageur qui, assis, se laisse attirer par la gravitation, parcourant parfois des distances de milliers d'aunes en quelques secondes. C'est sans doute là l'unique plaisir que permet cette scène, où le blanc du paysage n'est accidenté que par quelques pics noirs trop perpendiculaires pour que leurs flancs retiennent la neige, contrastant avec le ciel bleu foncé des hautes altitudes.
Les tempêtes sont fréquentes en cette saison, et bien qu'il y ait par intervalle régulier quelques cahutes où s'abriter, si l'on n'a pas pris la précaution d'examiner l'aspect du Campanario, qui est le sommet voisin le plus élevé, ni de s'assurer qu'aucun petit nuage ne couronne ses aiguilles, ou que des brumes à la laine effilochée commencent à se condenser sur ses flancs, on court le grave risque de périr, perdant sa route entre deux cahutes, presque disparues sous la chute des flocons de neige, si dense qu'on ne peut distinguer ses propres mains.
Cette fois-là ce n'étaient pas les promeneurs ou le porteur de courrier qui emmène sa sacoche sur le dos d'un jeune homme de la cordillère, ni des personnes de passage, généralement des étrangers qui recherchent ce franchissement risqué entre l'Atlantique et le Pacifique. Il s'agissait d'émigrés politiques qui, à ce prix-là, revenaient à leur patrie, décidés à entrer dans l'armée du général La Madrid, avant que se produise la bataille que le général Oribe venait lui livrer à fond de train depuis Córdoba.

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Alexis nous propose sa traduction :

En septembre 1842, quand ne fondent encore pas les neiges qui s’accumulent pendant l’hier sur l’arrête centrale des Andes, un groupe de voyageurs prétendait, depuis le Chili, pouvoir traverser ces blanches solitudes, où des vallées de neige conduisent à des crêtes colossales de granit qu’il faut escalader à pied, en s’appuyant sur un bâton, en évitant de s’enfoncer dans les abîmes que creusent des rivières courant plusieurs mètres en dessous ; et avec les pieds couverts de fourrure, afin de les préserver du contact de la neige qui, en arrêtant le sang, tue localement les muscles en causant de fatales brûlures.
Los Penitentes ; colonnes et aiguilles de neige formées par le dégel inégal, selon que l’air ou le soleil blessent avec plus d’intensité, décorent la scène, et embarrassent le passage tels des éboulis et morceaux de colonnes des ruines de gigantesques palais de marbre.
Les pentes que la faible chaleur du soleil n’attaque pas, offrent des plans plus ou moins inclinés, suivant la montagne qu’ils couvrent, et une descente commode et pleine de nouveauté au voyageur, qui, assis, se laisse emporter par la gravitation, parcourant parfois en quelques secondes des distances de milliers de mètres. Cela est peut-être le seul plaisir que permet cette scène, où le blanc du paysage n’est accidenté que par quelques pics noirs trop perpendiculaires pour que la neige ne se maintienne sur leurs flancs, formant un contraste avec le ciel bleu-foncé des grandes altitudes.
Les tempêtes sont fréquentes en cette saison, et bien qu’il y ait à distance à peu près régulière des bicoques pour se réfugier, si l’on n’a pas eu la précaution d’examiner l’aspect de El Campanario, que est le sommet voisin le plus élevé, et de s’assurer qu’aucun petit nuage ne couronne ses aiguilles, ou que des brumes ressemblant à de la laine effilochée ne commencent à se condenser à ses côtés, grave est le risque encouru de mourir, perdue étant l'orientation entre les baraques, rendues presque invisibles par la chute des flocons de neige si dense qu’elle ne permet pas de voir nos mains.
Cette fois-là, ce n’était pas les voyageurs, ni le convoyeur qui transporte la valise sur le dos d’un jeune garçon de la cordillère, ni des passants, d’ordinaire des étrangers qui cherchent ce dangereux passage de l’Atlantique au Pacifique. C’était des émigrés politiques qui, à ce prix, retournaient dans leur patrie en comptant s’engager dans l’armée du général La Madrid, avant que ne commençât la bataille que venait lui livrer le général Oribe par des marches forcées depuis Córdoba.

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Olivier nous propose sa traduction :

En septembre 1842, alors que les neiges qui s'accumulent durant l'hiver sur l'arête centrale des Andes n'ont toujours pas laissé la voie libre, un groupe de voyageurs prétendait, depuis le Chili, traverser ces blanches étendues où des vallées de neige conduisent à des crêtes colossales de granit qu'il est obligatoire d'escalader à pied, s'appuyant sur un bâton, en évitant de s'enfoncer dans des abîmes que creusent des cours d'eau, bien des mètres plus bas ; les pieds recouverts de cuir, afin de les préserver du contact avec la neige qui, bloquant le sang, tue localement les muscles et provoque de fatales brûlures.
Les Pénitents. Des colonnes et des aiguilles de neige, formés par le dégel, inégal selon l'intensité avec laquelle l'air ou le soleil blesse, ainsi que des éboulements et des morceaux de colonnes de ruines de gigantesques palais de marbre décorent la scène. Les flans, que la faible chaleur dégagé par le soleil n'attaque pas, offrent des plans plus ou moins inclinés, selon la montagne qu'ils recouvrent. Ils offrent aussi une agréable descente et un plein de nouveauté pour le voyageur qui, assis, se laisse emporter par la pesanteur, parcourant parfois en quelques secondes une distance de plusieurs milliers de mètres. Voilà peut-être le seul plaisir qu'autorise cette scène, où la blancheur du paysage n'est gâtée que par quelques pics noirs, trop inclinés pour que la neige se maintienne sur leurs flancs, formant un contraste avec le ciel bleu foncé des hautes altitudes.
Les tempêtes sont fréquentes à cette époque. Bien qu'il y ait, de temps à autre, un abri pour se protéger, si l'on n'a pas pris la précaution d'examiner le Campanario, le pic voisin le plus haut, et que l'on ne se soit pas assuré qu'aucun petit nuage ne couronne ses aiguilles ni qu'aucun brouillard ne voit sa laine effrangée commencée à se condenser sur ses flancs, on court un grand risque de périr, perdu sur le chemin entre deux abris, que la chute de flocons de neige si dense, qui empêche même de voir ses propres mains, cache à la vue.
Cette fois-là, ce n'était ni les voyageurs, ni le pro-Correa qui, en l'absence d'un jeune guide de montagne, porte les bagages sur ses épaules, ni des promeneurs, ni de simples étrangers cherchant le passage risqué de l'Atlantique au Pacifique. C'étaient des émigrés politiques qui, coûte que coûte, retournaient dans leur patrie pour s'incorporer à l'armée du général La Madrid, avant que n'ait lieu la bataille que venait lui livrer le général Oribe, à grands pas, depuis Córdoba.

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Perrine nous propose sa traduction :

En septembre 1842, lorsque les neiges qui s’accumulent durant l’hiver sur le faîte central des Andes bouchent encore le passage, un groupe de voyageurs prétendait, depuis le Chili, traverser ces blanches étendues désertes, sur lesquelles des vallées de neige conduisent à des crêtes colossales de granit qu’il faut escalader à pied, en prenant appui sur un bâton et en évitant de s’enfoncer dans des abîmes que creusent des rivières à de nombreux mètres plus bas ; leurs pieds étaient recouverts de peaux, afin de se protéger du contact de la neige qui, paralysant le sang, tue localement les muscles en provoquant de fatales brûlures.
Les Penitentes : colonnes et pics de neige formés par l’inégal dégel, selon que l’air souffle ou le soleil brille avec plus d’intensité, qui décorent la scène et barrent l’accès à de rares décombres et morceaux de piliers de gigantesques ruines de palaces en marbre. Les pentes que la faible chaleur du soleil n’attaque pas offrent des surfaces plus ou moins inclinées, selon la montagne qu’elles recouvrent, et une descente facile et pleine de nouveautés au voyageur qui, paisible, se laisse guider par la gravitation, parcourant parfois en quelques secondes des distances de milliers de mètres. Ceci est peut-être l’unique plaisir que permet ce décor, dans lequel le blanc du paysage est juste altéré par quelques pointes noires trop perpendiculaires pour soutenir la neige par leurs côtés, formant un contraste avec le ciel bleu foncé des grandes hauteurs.
Les tempêtes sont fréquentes dans cette station, et bien qu’il y ait régulièrement des petits refuges pour se protéger, si on n’a pas pris la précaution d’examiner l’allure du clocher, qui est la pointe voisine la plus élevée, et de s’assurer qu’aucun petit nuage ne couronne ses aiguilles, ou qu’aucune vapeur semblable à de la laine effilochée ne commence à se condenser sur ses flancs, on court le grave risque de périr, perdu sur la route de refuges en refuges, presque invisibles à cause de la chute de flocons de neige si dense qu’elle empêche même de voir ses mains.
Cette fois-là, il ne s’agissait pas des promeneurs, ni du randonneur qui fait transporter sa valise par un porteur de montagne, ni des passants, d’ordinaire étrangers, qui cherchent ce chemin dangereux qui rejoint l’Atlantique au Pacifique. C’étaient des émigrés politiques qui, sur ce versant, revenaient dans leur patrie avec l’intention d’intégrer l’armée du général La Madrid, avant que n’eût lieu la bataille que le général Oribe viendrait lui livrer à marches forcées depuis Córdoba.

Exercice d'écriture : « Mystère », par Olivier Marchand

En photo : fear, fight and regret
par Ed Bensink

Voici le chapitre 2 de l'exercice d'écriture spécial dans lequel l'inventif Olivier s'est lancé :

Voilà deux semaines que le corps avait été découvert et l'enquête piétinait plus que jamais. Les informations glanées auprès de la famille de la victime avaient été inutiles et les interrogatoires menés sur les bouchers, médecins et chirurgiens du quartier s'étaient avérés infructueux. Dover se remémorant les conseils de Balsey, s'était rendu chez le psychologue des services de la police, le docteur Reilly. Ledit Reilly était un psychiatre indépendant, d'origine irlandaise, qui travaillait de façon sporadique pour les services de la police londonienne. Il était estimé de tous et profondément respecté pour sa connaissance des mécanismes du cerveau humain, celle-là même qui avait permis, il y a trois ans, de conclure l'affaire Berming. Depuis lors, à chaque fois qu'il était nécessaire, on faisait appel à lui.
Dover était entré dans la petite salle qui tenait lieu de bureau à Reilly. Celui-ci faisait les quatre-cents pas dans la salle, jetant de fréquents coups d'œil en direction de l'endroit où étaient éparpillées les photos de la victime.
—Ah inspecteur – s'exclama-t-il quand il s'apperçut de sa présence. Bonjour, asseyez-vous, je vous en prie.
—Bonjour docteur. Alors, avez-vous quelque chose à m'apprendre ?
—Bon, ça fait bien une heure que j'examine les documents que vous m'avez fait parvenir et j'ai, en effet, quelques éléments qui seraient susceptibles de vous aider.
—Allez-y, je vous écoute.
—Tout d'abord, parlons des membres coupés. À ce que j'ai pu lire dans les rapports, et n'hésitez pas à me contredire si je me trompe, les yeux et les mains n'ont été retrouvés ni sur la scène de crime, ni ailleurs. Ce qui inclinerait à penser que le tueur a emporté ces biens jolis souvenirs avec lui. On aurait donc, à priori, à faire à un fétichiste, une personne qui veut conserver de sa victime un souvenir, qui souhaite pérenniser son acte par une preuve matérielle. J'ai lu le rapport de Balsey qui souligne le soin apporté aux prélèvements des membres. Lui-même invite d'ailleurs à chercher auprès de certaines catégories de personnes, si je ne m'abuse ...
—Oui, et ça n'a absolument rien donné de ce côté là. C'est bien pour ça que je suis ici.
—Je m'en doutais. Abordons maintenant le sujet, si vous le voulez bien, des différentes lacérations au niveau de la poitrine et du sexe de la victime. Il y a quelque chose qui me dérange. À première vue, je vous aurais dis : « les lacérations au niveau des parties corporelles symboles même de la féminité m'inclinent à penser que le tueur a subi un traumatisme lié au sexe féminin dans son enfance, etc, etc ». Mais le problème ici, c'est que ces blessures semblent tout à fait secondaires et comme si le tueur se les étaient imposées à lui même
—Comment ça « imposées » ?
Docteur Reilly était sur le point de lui répondre, lorsque la sonnerie du portable de Dover interrompit la conversation.
—Inspecteur Dover, une nouvelle victime a été retrouvée à Ply Park. Je vous attends au commissariat ou on se rejoint directement sur place ?
—Allez, et c'est reparti pour un tour ! Bon, attendez-moi au commissariat, Green. J'arrive dans dix minutes.
L'inspecteur Green avait du tirer une leçon du dernier voyage en voiture aux côtés de Dover car il n'ouvrit pas la bouche une seule fois sur le trajet jusqu'au parc. Là, sous la pluie londonienne, dans le Ply Park, toute l'équipe s'affairait : techniciens de crime de scène, police de Londres, médecin légiste, … À peine Blasey les eut-il aperçus qu'il s'avança vers eux
—Inspecteur. Bonjour – lança-t-il.
—Bonjour. Alors, pour aujourd'hui, qu'est ce que vous nous réservez de beau ?
—Pas grand chose de différent, vous allez voir. Victime : Mary Abercombie, ses papiers, comme pour la précédente victime, ont été retrouvés à quelques pieds du corps, 32 ans, femme célibataire, sans enfant, sans casier judiciaire. Elle mesure sensiblement la même taille que la précédente, 5,6 pieds. Signes particuliers : un piercing au nombril et un tatouage en forme de papillon dans le bas du dos. Comme vous pouvez le voir, le modus operandi est le même que pour la première femme : coup mortel sur la nuque, déshabillage de la victime, lacérations des attributs féminins ; si ce n'est que dans ce cas, l'assassin n'a pas prélevé les yeux ou les mains, mais les oreilles et les pieds. Comme précédemment, deux armes différentes, bon, trois en effet si on compte la batte de bois qui a servi à porter le coup mortel. Donc, deux armes différentes en plus de la batte. Une pour les oreilles et une autre pour les pieds. Je ne prendrais pas trop de risque si je disais qu'on a affaire au même tueur. Les prélèvements sont différents mais les lacérations sont les mêmes. Au fait, en parlant de lacérations, avez-vous été voir le docteur Reilly ?
—J'y étais à l'instant, il m'expliquait je ne sais plus trop quoi au niveau des lacérations justement…
—Oui, il y a sans doute une piste à développer à ce sujet là. Ça m'étonnerait pas qu'on tombe sur un psychopathe du genre à reconstituer le corps de sa mère, qui a abusé de lui étant petit, avec des morceaux de femmes ramassés par-ci, par-là. Je sais que les techniciens de scène de crime n'avait rien trouvé lors du premier meurtre et je ne voudrais pas être défaitiste, mais ça m'étonnerait qu'ils trouvent quelque chose ce coup-ci. J'emmène le corps avec moi et je vous tiens au courant. Sauf, bien sûr, si vous voulez assister à l'autopsie...
—Pour aujourd'hui, ça ira, je vous remercie. Je vais travailler au bureau plutôt. Essayez de me faire parvenir vos conclusions au plus vite. Faut espérer qu'on aura plus de chance avec les indices ce coup-ci !
La découverte d'un deuxième corps plongeait l'inspecteur dans une situation difficile : la thèse du crime isolé était, désormais, clairement hors de propos et il fallait faire face à partir de maintenant, non seulement à un assassin déterminé et méthodique, mais aussi au déchainement médiatique qu'engendrait la découverte d'une deuxième victime. Après avoir essuyé les réprimandes de Mc Fear qui, tout en l'accusant de n'avoir rien fait pour empêcher ce second meurtre, le traitait de délicieux noms d'oiseaux aussi élégants les uns que les autres, l'inspecteur réunit les quelques photos de la seconde victime, récupérées auprès des techniciens de scène de crime, et retourna auprès du docteur.
En descendant les escaliers pour se rendre de nouveau au bureau de Reilly, Dover se dit qu'il pouvait, définitivement, faire une croix sur une prochaine retraite : Mc Fear, pressé par les politiciens locaux, ne le lâcherait pas tant qu'il n'aurait pas trouvé un coupable. Et vu la dimension méthodique de l'assassin, cela prendrait, à coup sûr, un certain nombre de jours. L'air iodé et le confortable canapé d'Hastings devraient attendre quelques semaines de plus.
—Bon, où en étions nous avant d'être interrompu, docteur Reilly ?
—Comme je vous disais, le tueur semble s'être imposé les coupures de la poitrine et du sexe. Si l'on avait affaire à une sociopathe détruit par un traumatisme lié au sexe féminin, le plaisir qu'aurait pris l'assassin se serait davantage ciblé sur ces lacérations Il y aurait mis plus de temps, plus de plaisir, plus de bestialité. Et là, non ! Là, ce qui a été son centre d'intérêt, c'est le processus de découpage. Voyez-vous même comme il semble avoir mis beaucoup plus de temps et d'énergie dans le sectionnement des membres que dans les quelques plaies qui recouvrent les parties intimes de la victime. Ce que je veux dire par là, c'est que cette partie du rituel ne semble faite que pour brouiller les pistes. Le tueur veut se faire passer pour un pauvre homme qui, après un traumatisme dans l'enfance, fait aujourd'hui acte de purgation en s'attaquant au sexe féminin. Mais, si tel était le cas, on aurait alors affaire à quelqu'un dominé par la haine, déchiré par une violence intérieure. Si tel était le cas, on n'observerait pas une telle méthode, une telle rigueur et un tel fétichisme. Si vous voulez mon avis, le tueur auquel on a affaire est né avec cet instinct bestial, avec cette soif de violence. À mon avis, le seul geste et le seul indice que l'on doit retenir sur cette première victime, c'est le sectionnement des différents membres. Se concentrer sur les lacérations ne vous mènera à rien.
—Bon. Eh bien, merci du conseil. Et je vous laisse les photos du deuxième meurtre. Étudiez-les et appelez-moi pour me dire si vous en tirez les mêmes conclusions.
Les heures passées dans le bureau, le regard vide plongé sur les rapports des deux crimes, ne l'avaient aidé en rien : aucune piste de travail, aucun nouveau suspect, rien, absolument rien. Le mystère qui entourait la mort des deux jeunes femmes restait entier.
À la fin de la journée, Reilly avait appelé l'inspecteur pour lui faire part de ses observations sur le deuxième assassinat : les photos qui avaient été prises confirmaient, à son avis, la théorie qu'il avait exposée à Dover. Les blessures sur la poitrine et le vagin de la victime y étaient encore plus superficielles et semblaient avoir été faites à la va-vite, sans que le tueur n'y mette aucune volonté, plus par obligation que par désir.

Exercice d'écriture : « Mystère », par Vanessa Canavesi

En photo : Cheval de bois
par gnik_b76620

À l'intérieur de la bâtisse centenaire, derrière la vitre ruisselante, dans l'atmosphère douce et chaude d'un bureau bourgeois, je me rappelle. Je me rappelle... Le regard sibyllin de la jeune fille sur la balançoire, les chênes, la forêt du domaine, la bonne, imperturbable, qui pose sur la photo de famille. La demande, dans le parc, à genoux sous la statue, du jeune homme, bouquet à la main, à sa fiancée qui trépigne ; ses grands yeux noirs, leur lueur trouble souvent, et moi qui grandit. Je revois les sourcils froncés, la drôle de moustache du père, ému aux larmes, la petite musique de l'orchestre musette, la grand-mère qui rit aux éclats et qu'on fait valser, les costumes blancs, les masques de la noce ; le vent, les cravates qui dansent, la gaieté des repas de juillet pris sur la terrasse. Et moi, de plus en plus gros. La jeune femme devenue mère, je me souviens bien de ses enfants, de leurs jeux devant la maison, du petit cheval de bois qu'on a placé dans le jardin, des jappements du jeune chien noir ; du sourire du cousin germain, où de pauvres quenottes sont absentes, des pleurs de la petite dernière qui gambade et tombe dans l'herbe, des frères jumeaux réunis dans un grand baquet rempli d'eau, qui s'éclaboussent et éclaboussent leur père, paisible dormeur sous l'ombrage d'un tilleul. Je me remémore à peine les instants de deuil, et les feuilles couleur terre de Sienne qui choient, à l'arrière-saison ; il faut croire que je ne suis là que pour les petits et les grands bonheurs. Muet, je revois défiler leurs souvenirs, ce sont mes souvenirs, c'est la grande maison de campagne où l'on vient en villégiature, le parc, la forêt, les enfants et le temps qui change mais finit par revenir.
Je suis solitaire désormais, comme la barque dont je me souviens encore, abandonnée sur la berge, avec les rames à l'intérieur ; c'est un tirage Sépia : les tons pastel de la lune au-dessus du lac, les nuages bruns dans un ciel ambre foncé, où l'on peut toujours prévoir l'orage qui éclata ce soir-là. À l'abri des intempéries, je demeure, tous les jours, toutes les nuits, dans le petit bureau de la maison familiale. Qui voudra m'interroger à nouveau ? Relique figée de leur histoire, j'accompagne les portraits à l'huile suspendus sur les murs, le tic-tac du coucou défraîchi, la tapisserie fleurie d'un autre âge ; anthologie parmi les autres, reléguée aux boiseries de la bibliothèque, j'ai perdu ma place privilégiée d'œuvre en train de se faire. Entre mes pages, je recueille précieusement ces arrêts sur images, clichés jaunis qui ne révèleront jamais plus, même à qui pensera le deviner, le pâle mystère de ces vies passées.

Le CV d'Alexis Poraszka – Promo Claude Bleton

Alexis PORASZKA, né en 1985 à Besançon (25)

Pour me contacter : aporaszka.traduction@gmail.com

Etudes :

2010 – 2011 : Master 2 professionnel Métiers de la traduction littéraire (Bordeaux 3)

2009 : Master 2 professionnel Médiations Culturelle et Linguistique (Université de Franche-Comté) Mention B

2008 : Master 1 LLCE Espagnol.
Mémoire : España en Irak : El tratamiento mediático en Francia y España

2007 : Licence LLCE Espagnol (Université de Franche-Comté)

2003 : Baccalauréat L (Lycée Claude Nicolas Ledoux, Besançon) Mention AB

Stages :

2009 : Services de Relations Européennes, Mairie d’Istanbul (Turquie)

Expériences professionnelles :

2008-2010 : Centre Polyglotte de l’Université de Franche-Comté : monitorat, tutorat (pédagogique et informatique) et travaux administratifs.

2006 : Conseil Economique et Social de Franche-Comté : agent administratif

Renseignements complémentaires :

Espagnol, anglais, italien (courant)
Turc (bases)
Informatique : utilitaires de bases (Word, Excel, PowerPoint, OpenOffice)
Permis de conduire

Exercice d'écriture : « Mystère », par Auréba Sadouni

En photo : red twingo
par re.mo

La nuit m’avait pourtant prévenue, mais à mon réveil, je ne disposais pas des éléments nécessaires pour pouvoir éviter certains désagréments. Je ne savais pas que ce mercredi-là, à la sortie des cours, j’allais tomber malgré moi sur une énervante et mystérieuse œuvre anonyme. Qui en était l’auteur ? Je l’ignore encore. Si seulement je savais qui c’était !
J’aimerais savoir quelle tête il a. Peut-être n’était-il pas seul. Peut-être est-ce ce type au visage chafouin. Malheureusement, personne n’apportera de réponse à mes interrogations. Je dois donc me résigner à rester dans l’ignorance. C’est clair comme de l’eau de roche, il ne se manifestera pas. En tout cas, pas à visage découvert. Ces hommes-là préfèrent se dissimuler derrière le voile de l’invisibilité. Ils laissent d’énormes empreintes qui suscitent un désagréable et troublant étonnement, mais agissent incognito. Ni vu ni connu. Ils se planquent tout en volant à leurs victimes la tranquillité de l’esprit. Ils se servent sans nous demander notre avis, et tout ce qu’ils offrent en échange, on s’en passerait.
Je m’en passerais, moi, de ces préoccupations à la con ! Combien de fois ai-je dû entendre la même chanson, ce « I see your true color shine on mi. », ce « I see your true color » et ce « that’s why I love you. », et à l’autre bout de la ligne, personne. Pas un seul conseiller pour m’aider à résoudre mon problème. On a profané Titine dans l’intention de me dépouiller, et personne ne répond. Tout ce que je sais aujourd’hui, c’est que des initiés violateurs se sont tournés vers de nouvelles proies : les Twingo.
Quand ce mercredi, à la sortie des cours, avant d’ouvrir le coffre, j’ai vu les sièges rétractés, mes livres ouverts et mis sens-dessus-dessous, le loquet de la porte du conducteur levé, et qu’après avoir fait le tour, j’ai constaté que je ne perdais pas la boule, qu’on avait déformé la carrosserie pour rentrer dans ma voiture, j’ai fait marche arrière dans le temps, et la signification de ma vision onirique n’était plus tout à fait mystérieuse : même voiture, même endroit. Dans mon rêve, je savais qu’on s’en prenait à Titine. Mais qui ? Mais quoi ? Mystère et boule de gomme ! Je n’ai pas su prendre les augures. Le monde onirique est rempli de mystères que je n’ai pas encore percés, et me voilà avec un nouveau souci. Je dois à tout prix joindre mon assurance. Encore une fois, je vais composer ce foutu numéro en espérant qu’enfin, quelqu’un va me répondre.

Un nouveau rendez-vous…

En photo : Cataclysm
par patrickbaud79

… Le 11 mars, nous recevrons Jean-Baptiste Bernet – ancien du parcours anglais de notre master et actuellement traducteur d'Heroic fantasy. Préparez vos questions. Nous commencerons à 14h00. Comme d'habitude, la salle vous sera indiquée ultérieurement.

Références culturelles, 650 : La Gran Dama Oferente

La Gran Dama Oferente
une idée d'Odile

http://es.wikipedia.org/wiki/Gran_Dama_Oferente

lundi 22 novembre 2010

Références culturelles, 649 : La Dama de Ibiza

En photo : Dama de Ibiza (Musée archéologique...
par dalbera

La Dama de Ibiza
une idée d'Odile

http://es.wikipedia.org/wiki/Dama_de_Ibiza

dimanche 21 novembre 2010

Exercice d'écriture : « Mystère », par Alexis Poraszka

En photo : De hellolapomme

Alexis, qui est garçon très mystérieux – comme chacun le sait –, a eu l'idée de deux mystères et nous propose donc deux textes.
Pour le premier, précisons que les personnages et les situations de ce récit étant purement fictifs, toute ressemblance avec des personnes ou des situations existantes ou ayant existé ne saurait être que fortuite.

***

Elle restait là, impassible, fronçant les sourcils pour montrer son agacement. Malgré le petit courant d’air qui traversait la pièce, ses cheveux noirs ne bougeaient pas, ses yeux ne clignaient pas. Elle les regardait, les observait et cogitait. Dans sa tête, cela ne faisait aucun doute, l’un d’eux était coupable. Elle fusilla du regard chacun des sept traîtres pendant quelques minutes, cherchant à déceler des marques de nervosités : un souffle saccadé, une transpiration anormale, des mains tremblantes ou un regard fuyant… mais rien. « Ils sont vraiment forts ! » se dit-elle. Elle inspira profondément, saisit la canette de Coca Cola Light posée devant elle, but une gorgée et la serra, d’un coup, la transformant en l’espace d’une seconde en une petite boule de ferraille. Elle espérait les intimider, les effrayer et qu’ils finissent par cracher le morceau, enfin. Elle disposait cependant de plusieurs moyens de pression, de torture psychologique. Ils allaient le payer cher : l’un d’eux avait commis l’irréparable et les autres ne le dénonçaient pas, ils le protégeaient, se serraient les coudes, faisaient front commun. Quelle audace ! Quel culot ! Après tout ce qu’elle était prête à faire pour eux, voilà comment ils la remerciaient ! Elle en avait mal au ventre, elle était déçue et dépitée.
Postée devant la fenêtre, elle tournait le dos aux fourbes, aux infâmes. Dehors, les pies se chamaillaient allègrement, un écureuil s’était arrêté dans son élan pour la regarder. L’atmosphère paisible de l’extérieur ne faisait que renforcer son irritation. D’un coup, elle fit tomber le store, provoquant un sursaut sur le banc des accusés. Elle posa alors son regard sur les victuailles déposées sur la table. « Les corrupteurs, ils ont voulu m’acheter, moi, mon silence, ma tolérance, mon indulgence, mais il n’en est pas question ». Le petit manège n’avait que trop duré, il fallait en finir, le temps était venu de retenter l’interrogatoire. Elle posa ses mains sur le bureau cherchant à imiter au passage Docteur House, elle s’éclaircit la voix et lança :
— Bon, c’est qui ?
— …
— Mais dites-le !
— …
— Qui ? Qui a mangé le dernier Dragibus noir ?

***

L’existence est décidément faite mystères en tout genre et d’interrogations restant malheureusement sans réponse. Ne m’en déplaise, j’ai la chance d’avoir une vie palpitante (souvent à mes dépens, d’ailleurs), toujours partante pour me jouer des tours et me mettre dans les situations les plus inhabituelles. En tout cas, ces rebondissements ne cessent de me surprendre et je reste ébaubi par la facilité qu’a la vie à nous prendre au dépourvu et poser sur notre chemin des petits obstacles dont le seul but est de mettre de l’agitation dans la monotonie, de l’imprévu dans la routine et de la vodka dans mon thé au miel ! Une fois l’amusement passé, la grande question hantant mon esprit, l’inconnue de mon équation existentielle fait irruption dans la cacophonie de mes voix intérieures : y’aurait-il un microclimat au dessus de ma tête décidé à me faire tourner en bourrique ? Une sorte de triangle des Bermudes dans mon destin ? Mes personnages imaginaires sont unanimes : ma destinée a été écrite par un bonhomme loufoque sur du papier mâché ou par un type bourré qui prenait le papier hygiénique pour du papyrus. J’aurais bien évidemment préféré qu’il s’agisse d’un gars vaillant, intelligent et beau comme un dieu qui mette mon histoire en alexandrins sur des billets de banque… Comme quoi, on n’a pas toujours ce que l’on veut.
La matinée d’hier a été riche en surprises et m’a fait prendre conscience de l’absurdité de certains détails et de certains points mystérieux dont je ne vois toujours pas la queue du bout d’une explication logique. Pour situer les faits et pour me dédouaner d’une irruption impromptue au CHU de Bordeaux, il me faut relater certains faits et remonter aux origines. Tout commence donc mercredi soir à l’heure de rejoindre les bras doux et confortables de ce très cher Morphée. Posant ma tête sur l’oreiller, quelle n’est pas ma surprise quand je découvre que je n’entends que d’une oreille ! Comment Diantre en suis-je arrivé là ? Je me dresse sur mon lit tel un soldat au garde-à-vous et suis soudain pris de panique. Deux réactions s’offrent à moi : l’envie de fondre en larmes comme Marie-Madeleine ou celle de taper dans mes mains comme on bat le rythme du flamenco : je choisis la deuxième et me retrouve, dans le noir, à une heure du matin, à taper des mains comme un dégénéré. Que mes voisins m’excusent mais l’heure n’était pas à la courtoisie de voisinage. Voyant que rien n’y fait, je me jette sur la poubelle à la recherche du coton-tige que j’avais utilisé peu de temps avant afin de vérifier si la ouate n’est pas restée par mégarde dans mon conduit auditif. Mais non, elle est belle et bien au bout du bâtonnet. Je sais pertinemment que je ne peux rien faire avant le lendemain, aussi décidé-je de mettre à profit cette pénible obstruction : je pose l’oreille non bouchée sur l’oreiller et me trouve finalement dans un silence total.
Je me lève le lendemain avec la ferme intention de téléphoner à un médecin pour qu’il me débarrasse de ce machin. Le premier interlocuteur me dit d’aller au PQR au CHU. Ne voilà donc pas le Polac qui prend ses affaires et file droit au « PQR ». J’ignore toujours ce que signifient ces lettres mais j’y ai appris l’une des choses les plus surprenantes de ma vie : « un bouchon à l’oreille ? Il faut aller aux Urgences mais ils ne pourront pas vous prendre, il faut prendre rendez-vous ». Je reste bouche bée devant l’infirmière qui doit certainement me prendre pour un demeuré car elle finit par me montrer la sortie pour me rendre auxdites Urgences (évidemment à l’autre bout de l’hôpital). Pour ce faire, rien de plus compliqué, suivez les petites pancartes jaunes ! Je dois bien tourner en rond pendant une quinzaine de minutes à suivre les flèches jaune (en cas de pépin, mieux vaut se munir d’un GPS). Par chance, je peux être reçu tout de suite sans passer par une file d’attente interminable, mais j’avoue que je flaire dès le départ l’inutilité de ma présence en ces lieux ! Après avoir exposé mon problème bénin à l’infirmière du guichet, je me retrouve dans ma situation initiale : « l’interne n’est pas disponible pour vous recevoir. Soit vous attendez mais ça peut être long, très long, soit vous demandez à un médecin ». J’hésite alors entre rire, pleurer, étrangler la pauvre jeune femme ou danser les claquettes mais je me contente d’un « merci, au revoir » courtois. Veni vedi vici avait dit notre ami Jules, moi veni vedi certes mais vici rien du tout : j’ai perdu ma matinée, dois reprendre le tramway en subissant de légères pertes d’équilibre et me retrouve à la case départ avec ce fichu bouchon dans l’oreille gauche ! Je vais directement à l’université pour assister au cours de traduction collective (avouez, rien n’y paraissait !) et décide, après les cours et une fois au centre-ville, d’appeler un deuxième médecin qui puisse me délivrer ! Que nenni : « écoutez, les consultations finissent à 18h, il est 17h20, ça va être un peu juste ». Je me trouve pourtant à quelques mètres de son cabinet… Je lui expose mon problème et me trouve face à une réponse des plus stupides et incroyables : « ah bon ? Un bouchon à l’oreille ? Oh, ben revenez plus tard. Allez à la pharmacie, prenez du Cérulyse et revenez me voir dans trois ou quatre jours et je vous l’enlèverai, bonne soirée ». Elle est gentille la dame ! Je me rends à la pharmacie pour combattre le mal par le remède : des gouttes dans les oreilles (autant vous dire que sur le chemin, je tangue un peu…). Mais, forcément, je ne suis pas au bout de mes peines quand il s’agit de trouver le moyen de faire tomber les gougouttes dans l’embout de la fiole ! Une fois la solution trouvée et les gouttes dans les oreilles, j’attends, la tête penchée, une dizaine de minutes et… rien, voire pire.
Et voilà, c’est tout de même étrange de voir que pour un petit truc, certes gênant mais relativement anodin, on vous fait traverser la ville, vous envoie aux Urgences (introuvables de surcroît) pour rien, vous renvoie chez le médecin qui vous dit de revenir dans trois ou quatre jours ! J’ose espérer que si j’avais eu la vache folle ou un infarctus la route des Urgences aurait été plus courte et que j’aurais été sauvé à temps !

Références culturelles, 648 : La Dama de Guardamar

En photo : Dama de Guardamar
par Mercelada

La Dama de Guardamar
une idée d'Odile

http://es.wikipedia.org/wiki/Dama_de_Guardamar

samedi 20 novembre 2010

Version de CAPES, 59

Dernier travail pour les étudiants de CAPES ; à quelques jours des écrits, il semble raisonnable de les laisser réviser en paix… Ceux qui auraient la version chevillée au corps peuvent toujours se rabattre sur d'anciens textes qu'ils n'auraient pas faits ou alors s'attaquer à ceux proposer aux étudiants du Master 2.
Bonne chance pour le concours ! Représentez dignement votre université !

***

Todas las noches, de nueve a once, se reunían en un rinconcito del café de Occidente dos viejos a quienes los parroquianos llamaban «Las tijeras». Allí mismo se habían conocido, y lo poco que sabían uno del otro era esto:
Don Francisco era soltero, jubilado; vivía solo con una criada vieja y un perrito de lanas muy goloso, que llevaba al café para regalarle el sobrante de los terroncitos de azúcar. Don Pedro era viudo, jubilado; tenía una hija casada, de quien vivía separado a causa del yerno. No sabían más. Los dos habían sido personas ilustradas.
Iban al café a desahogar sus bilis en monólogos dialogados, amodorrados al arrullo de conversaciones necias y respirando vaho humano.
Don Pedro odiaba al perro de su amigo. Solía llevarse a casa la sobra de su azúcar para endulzar el vaso de agua que tomaba al levantarse de la cama. Había entre él y el perrillo una lucha callada por el azúcar que dejaban los vecinos. Cuando don Pedro veía al perrillo encaramarse al mármol relamiéndose el hocico, retiraba, temblando, sus terroncitos de azúcar. Alguna vez, mientras hablaba, pisaba como al descuido la cola del perrito, que se refugiaba en su dueño.
El amo del perro odiaba sin conocerla a la hija de don Pedro. Estaba harto de oírle hablar de ella como de su gloria y de su consuelo; mi hija por aquí, mi hija por allí; ¡siempre su hija! Cuando el padre se quejaba del sinvergüenza de su yerno, el amo del perro le decía:
—Convénzase, don Pedro. La culpa es de la hija; si quisiera a usted como a padre, todo se arreglaría... ¡Le quiere más a él! ¡Y es natural! ¡Su mujer de usted haría lo mismo...!


Miguel de Unamuno, Cuentos de mi mismo

***

Laëtitia Sw nous propose sa traduction :

Chaque soir, de vingt et une heures à vingt-trois heures, deux vieux, que les habitués surnommaient « Les ciseaux », se retrouvaient dans un coin du café d’Occidente. C’est là qu’ils s’étaient connus, et ils ne savaient l’un sur l’autre que peu de choses :
Don Francisco était célibataire, retraité et il vivait seul avec une vieille servante et un petit caniche très gourmand qu’il emmenait au café afin de le régaler des morceaux de sucre non consommés. Don Pedro, lui, était veuf, retraité et il avait une fille mariée dont il vivait séparé à cause de son gendre. Ils ne savaient rien de plus. Tous les deux avaient été d’illustres personnages.
Ils se rendaient au café pour décharger leur bile dans des monologues dialogués pendant lesquels, assoupis par le ronron de conversations niaises, ils respiraient les vapeurs humaines.
Don Pedro détestait le chien de son ami. Il avait l’habitude d’emporter chez lui le reste de sucre pour édulcorer le verre d’eau qu’il prenait au saut du lit. C’est ainsi que s’engageait, entre le petit chien et lui, une lutte silencieuse pour le sucre que laissaient leurs voisins. Quand Don Pedro voyait le petit chien poser ses pattes sur le marbre de la table en se pourléchant les babines, il retirait en tremblant ses morceaux de sucre. Parfois, tout en parlant, il marchait comme par inadvertance sur la queue du petit chien, qui se réfugiait alors auprès de son maître.
Le maître du chien, quant à lui, détestait, sans la connaître, la fille de Don Pedro. Il en avait assez de l’entendre parler d’elle comme d’une source de fierté et de réconfort ; et ma fille par ci, ma fille par là ; sa fille, toujours sa fille ! Quand le père se plaignait de son voyou de gendre, le maître du chien lui disait :
—Soyez-en sûr, Don Pedro. C’est la faute de votre fille ; si elle vous aimait comme un père, tout s’arrangerait... Mais voilà : elle l’aime plus, lui ! Et c’est bien naturel ! Votre femme ferait de même... !

***

Bruno nous propose sa traduction :

Tous les soirs, de neuf à onze, deux vieux, que les habitués appelaient "las tijeras", se retrouvaient dans un petit recoin du café de l'Occident. A cet endroit même, ils s'étaient rencontrés, et le peu qu'ils savaient l'un de l'autre était cela:
Don Francisco était vieux garçon, à la retraite; il vivait seul, avec une vieille bonne et un petit caniche très gourmand, qu'il emmenait au café pour lui donner le reste des morceaux de sucre. Don Pedro était veuf, à la retraite; il avait une fille mariée, de laquelle il vivait éloigné à cause de son gendre. Ils n'en savaient pas plus. Tous deux avaient été des personnes très cultivées.
Ils allaient au café pour déverser leurs biles dans des monologues dialogués, assoupis par la berceuse des conversations idiotes et respirant la vapeur humaine.
Don Pedro détestait le chien de son ami. Il avait pour habitude d'emporter chez lui le reste de son sucre pour adoucir le verre d'eau qu'il prenait au sortir du lit. Il y avait entre lui et le petit chien une lutte silencieuse pour le sucre que laissaient les voisins de table. Quand don Pedro voyait le petit chien se jucher sur le marbre en se pourléchant le museau, il retirait, en tremblant, ses morceaux de sucre. Quelquefois, pendant qu'il parlait, il marchait comme par inadvertance sur la queue du petit chien, qui se réfugiait auprès de son maître.
Le maître du chien détestait sans la connaître la fille de don Pedro. Il en avait assez de l'entendre parler d'elle comme de sa gloire et de son réconfort; ma fille par-ci, ma fille par-là; toujours sa fille!
Quand le père se plaignait de sa crapule de gendre, le maître du chien lui disait:
- Soyez-en convaincu don Pedro. C'est la faute de votre fille; si elle vous aimait comme un père, tout s'arrangerait... Lui, elle l'aime plus!
Et c'est naturel! Votre femme à vous ferait de même...!

***

Mélissa nous propose sa traduction :

Tous les soirs, de neuf heures à onze heures, deux vieux que les clients appelaient « La paire de ciseaux » se réunissaient dans un petit coin du café de l’Occident. Ils s’étaient connus ici même, et le peu que l’un savait de l’autre était cela :
Don Francisco était célibataire, retraité ; il vivait seul avec une vieille domestique et un petit chien très gourmand, qu’il amenait au café pour lui offrir les restes des petits morceaux de sucre. Don Pedro était veuf, retraité ; il avait une fille mariée, dont il vivait séparé à cause de son gendre. Ils n’en savaient pas plus. Les deux avaient été des personnes instruites.
Ils allaient au café pour soulager leurs biles dans des monologues échangés, somnolents à l’écoute de la berceuse des conversations idiotes et respirant l’haleine humaine.
Don Pedro détestait le chien de son ami. Il avait l’habitude d’emporter chez lui le surplus de son sucre pour sucrer le verre d’eau qu’il prenait en se levant de son lit. Il y avait entre lui et le petit chien une lutte silencieuse pour le sucre que laissaient les voisins. Quand Don Pedro voyait le petit chien grimper sur le marbre en se léchant le museau, il retirait, tremblant, ses petits morceaux de sucre. Parfois, alors qu’il parlait, il marchait sur la queue du petit chien par inadvertance, qui se réfugiait sur son maître.
Le maître du chien détestait la fille de Don Pedro sans même la connaître. Il en avait assez de l’entendre parler d’elle comme de sa gloire et de son réconfort ; ma fille par ci, ma fille par là ; toujours sa fille ! Quand le père se plaignait de sa crapule de gendre, le maître du chien lui disait :
- Convainquez-vous, Don Pedro. La faute vient de votre fille ; si elle vous voulait comme père, tout s’arrangerait… Elle l’aime plus ! Et c’est naturel ! Votre femme aurait fait la même chose…!

***
Maïte nous propose sa traduction :

Tous les soirs, de neuf à onze, deux vieux, que les clients appelaient "Les ciseaux", se réunissaient dans un petit coin du café de l'Occidente. C'est ici même, qu'ils s'étaient connus, et le peu qu'ils savaient l'un de l'autre était ceci:
Don Francisco était célibataire, retraité; il vivait seul avec une vielle domestique et un chiot dont le pelage semblait être de la laine, très gourmand, qu'il emmenait au café pour lui offrir le reste des petits morceaux de sucre. Don Pedro était veuf, retraité; il avait une fille mariée, dont il vivait séparé à cause de son beau-fils. Ils n'en savaient pas plus. Les deux avaient été d'illustres personnes.
Ils allaient au café pour soulager leurs biles à travers des monologues dialogués, assoupis par le bercement de sottes conversations et respirant la vapeur humaine.
Don Pedro détestait le chien de son ami. Il avait l'habitude d'emmener chez lui, le reste de sucre pour adoucir le verre d'eau qu'il buvait avant de se lever de son lit. Il y avait entre lui et le chiot, une lutte silencieuse pour le sucre que laissaient les voisins. Lorsque don Pedro voyait le chiot grimper sur le marbre en se léchant les babines, il retirait, en tremblant, ses petits morceaux de sucre. De temps en temps, pendant qu'il parlait, il marchait sans faire attention sur la queue du chiot, qui, se refugiait auprès de son maître.
Le maître du chien détestait la fille de don Pedro, sans même la connaître. Il en avait marre de l'entendre en parler comme si elle était sa seule gloire et son seul réconfort; ma fille par ci, ma fille par là; toujours sa fille! Quand le père se plaignait du sans-gêne de son beau-fils, le maître du chient lui disait:
- Rendez-vous à l'évidence, don Pedro. La faute vient de votre fille; si elle vous aimait en tant que père, elle s'arrangerait... Elle le préfère à vous! Et, c'est bien naturel! Votre femme aurait fait la même chose...!

***

Sonita nous propose sa traduction :

Tous les soirs, de neuf à onze heures, se réunissaient dans un petit coin du café de l’Occident deux vieux que les paroissiens appelaient « les ciseaux ». C’est justement là qu’ils s’étaient rencontrés, et le peu qu’ils savaient l’un de l’autre était ceci :
Don Francisco était célibataire, retraité ; il vivait seul avec une vieille bonne et un petit chien caniche très gourmand, qu’il emmenait au café pour lui donner les restes des petits morceaux de sucre. Don Pedro était veuf, retraité ; il avait une fille mariée avec qui il ne vivait pas à cause de son beau-fils. Ils n’en savaient pas plus.
Les deux avaient été des personnes instruites.
Ils allaient au café pour donner libre cours à leurs biles en des monologues dialogués, assoupis par le roucoulement de conversations idiotes tout en respirant la vapeur humaine.
Don Pedro haïssait le chien de son ami. Il avait l’habitude de ramener chez lui le reste de son sucre pour sucrer le verre d’eau qu’il prenait en sortant du lit. Il y avait entre lui et le petit chien une lutte silencieuse pour le sucre que les voisins laissaient. Quand don Pedro voyait le petit chien se jucher sur le marbre en se léchant le museau, il enlevait, en tremblant, ses petits morceaux de sucre. Parfois, tandis qu’il parlait, il marchait, faisant comme si ce n’était pas exprès, sur la queue du petit chien qui se réfugiait près de son maître.
Le maître du chien haïssait, sans la connaître, la fille de don Pedro. Il en avait assez de l’entendre parler d’elle comme de sa gloire et de son réconfort ; ma fille par-ci, ma fille par-là ; toujours sa fille ! Quand le père se plaignait de la crapule qu’est son beau-fils, le maître du chien lui disait :
—Faites-vous une raison don Pedro. C’est la faute à la fille. Si elle vous aimait comme un père, tout s’arrangerait… C’est lui qu’elle aime le plus ! Et c’est bien normal ! Votre femme ferait la même chose …!

Références culturelles, 647 : La Dama de Baza

En photo : Dama de Baza (Musée archéologique...
par dalbera

La Dama de Baza
une idée d'Odile

http://enciclopedia.us.es/index.php/Dama_de_Baza

vendredi 19 novembre 2010

Un petit Cuttlas pour la route ?

http://www.20minutos.es/vineta/calpurnio-el-bueno-de-cuttlas/1966/0/autonomos/?ref=nf

Exercice d'écriture : « Mystère », par Perrine Huet

En photo : 2007-05-23-064 London Green Park...
par Martin-James

Je l’ai rencontrée il y a maintenant près de deux ans, le 18 octobre 2000, dans le fameux Green Park situé au cœur de Londres. Moi, assis sur un banc, lisant un roman de Stephan King ; elle, à vélo, pédalant gaiement aux côtés d’une amie. Elle s’était approchée tout doucement de moi, de peur de m’interrompre dans ma lecture, et m’avait demandé l’heure. Lorsque nos yeux s’étaient croisés, une étrange sensation m’avait parcouru : mon estomac s’était contracté, comme si des milliers de fourmis se dandinaient à l’intérieur de mon corps. « Twenty-five past three » – avais-je répondu dans un anglais plutôt médiocre. Trois heures vingt-cinq, répétai-je mentalement. Elle m’avait remercié d’un timide sourire et s’était éloignée sur sa bicyclette, sa robe à fleurs se soulevant avec légèreté.
Le lendemain, après une nuit d’insomnie hantée par l’image de cette jeune fille, je m’étais installé sur le même banc, espérant qu’elle apparaisse sur son vélo. Certes, je ne la connaissais pas, mais je sentais que quelque chose nous liait et que je devais la revoir.
Au bout du troisième jour, elle avait enfin fait son apparition. Cette fois, elle était seule, et à pied. Elle était passée devant moi sans l’once d’un regard. Je l’avais observée, anxieux, cherchant la meilleure façon pour l’aborder. Puis, je m’étais ressaisi : je n’allais quand même pas la laisser filer, alors que je l’avais attendue pendant trois longues journées ! Je m’étais donc mis à courir derrière elle, emporté par l’excitation d’un nouvel échange. Elle m’avait reconnu et avait accepté de boire un verre en ma compagnie. Et à partir de cet instant, nous ne nous sommes plus quittés.
Elle s’appelait Sarah, avait vingt-deux ans ; elle était née et vivait à Londres, étudiait l’histoire de l’art et était passionnée de littérature. Elle était grande, avait de longs cheveux bruns, bouclés, qu’elle relevait souvent à l’aide d’une barrette. Ses lèvres étaient parfaitement bien dessinées et sucrées comme du miel. Son sourire creusait de fines fossettes au bas de ses pommettes roses. Son nez, légèrement en trompette, tremblait quand elle était en pleine réflexion. Et ses yeux en amande, d’un noir profond, étaient une pure merveille. Ils exerçaient sur moi une telle attraction que j’en devenais totalement esclave. Mais chaque fois que j’essayais de lire en eux, une barrière invisible se dressait et empêchait toute communication avec l’extérieur. Je savais qu’ils renfermaient un lourd secret que Sarah s’efforçait de dissimuler à tout prix.
Nous avions emménagé dans un petit appartement au sud de Londres, ville que j’avais décidé de conquérir après de lourds échecs professionnels dans la capitale française. Notre logement était minuscule, faute d’un salaire aisé, mais très coquet. Sarah avait de très bons goûts en terme de décoration, et prenait énormément de plaisir à tout agencer. Quant à mon intégration au quotidien britannique, elle faisait de nombreux efforts pour que je me sente à l’aise et progresse rapidement : elle me présentait ses amis, m’emmenait au musée, au théâtre, au cinéma, me récitait des listes de mots et me lisait le Times chaque matin. En échange, je lui parlais des peintres français que je connaissais, des nombreux artistes qui exposaient à Paris, des auteurs que j’affectionnais particulièrement… Souvent, je lui racontais mon enfance, l’éducation que j’avais reçue de mes parents, les instants magiques partagés avec ma petite sœur, dans l’espoir qu’elle s’ouvre à moi et me confie ses tourments. Malheureusement, l’effet produit était inverse : elle se braquait et se refermait comme une coquille.
Un jour, alors que je m’ennuyais tout seul à la maison, je me mis à inventorier tous les bibelots disposés sur l’étagère du salon : un éléphant en ébène, une bougie parfumée à la cannelle, un petit ficus plein de pousses, un fossile d’escargot, une fiole en cristal, une sculpture en argile en forme d’oiseau et une boîte à musique. Ce dernier objet me rappela ma visite à la ferme des orgues de Steenwerck, musée consacré à la musique mécanique, situé dans le Nord-Pas-de-Calais, qui m’avait fasciné. Je m’en emparai, curieux d’entendre le son qui s’en échapperait, et actionnai la manivelle. C’est alors qu’un bruit étrange vint se mêler à la douce mélodie. J’attendis que le dispositif ne s’arrête et ouvris la boîte. À l’intérieur, j’aperçus un morceau de papier plié en quatre. Il s’agissait d’un article de journal découpé soigneusement, datant du 23 juillet 1988. La photo d’un petit garçon brun, souriant, accompagnait le texte. La légende disait : « Mort tragique du petit William dans les eaux du lac Serpentine ». Je me mis à parcourir l’article, appréhendant ce que je m’apprêtais à découvrir. Arrivé à la fin, j’étais sous le choc. Le mystère des yeux de Sarah reposait là, devant moi, sur cette page jaunie par le temps.
Ce 23 juillet 1988, Sarah, qui avait alors dix ans, s’était rendue en famille au lac Serpentine situé à Hyde Park pour y pique-niquer et se baigner. Son petit frère William, qui venait de fêter ses cinq ans, était fou de joie à l’idée d’apprendre à nager avec sa sœur. Ils se trouvaient tous deux près du bord, Sarah soutenant son frère, lorsqu’un poisson était venu mordiller le tendre mollet de la petite fille. Surprise, elle avait lâché William quelques secondes à peine pour se masser la jambe et maudire la bestiole. Quand elle avait relevé la tête, son frère avait disparu. Paniquée, elle avait regardé de tous les côtés en hurlant son prénom. Malheureusement, le petit garçon s’était enfoncé dans l’eau et s’était noyé avec une extrême rapidité. Les parents, qui étaient en train de discuté sur la plage, n’avait pu arriver à temps, et William était décédé en cette belle journée d’été ensoleillée.
Tout s’éclairait enfin : sa retenue parfois si pesante, sa pudeur des sentiments, son refus catégorique d’aller à Hyde Park et, surtout, l’absence de ses parents dans sa vie.
Que faire à présent ? La pousser à me faire ses aveux ? Lui dire que j’étais tombé sur l’article, par hasard, et qu’elle pouvait désormais tout me confier ? Non, elle se sentirait trahie et risquerait de ne pas s’en remettre. Je décidai donc de respecter son intimité, d’accepter son silence et de laisser faire le temps, comme je l’avais toujours fait depuis notre rencontre ce 18 octobre 2000, à trois heures vingt-cinq.

Petit lexique des ustensiles de cuisine, par Perrine Huet

En photo : Les ustensiles de cuisine Joseph...
par infostreetcafe







Il était logique que la gagnante du concours "gâteau au chocolat" s'attaque aux ustensiles de cuisine.

Lexique des ustensiles de cuisine

1) Une casserole : una cazuela, un cazo
2) Un fait-tout : une cacerola
3) Une cocotte-minute : una olla a presión
4) Une poêle : un sartén
5) Une poêle en métal servant à faire cuire les tortillas de maïs : un comal
6) Une louche : un cucharón
7) Un moulin à légumes : un pasapurés
8) Un épluche-légumes : un pelador
9) Un grille-pain : un(a) tostador(a)
10) Un fouet : un batidor
11) Un saladier : una ensaladera
12) Une planche à découper : una tabla de cortar
13) Un batteur électrique : una batidora
14) Une râpe : un rallador
15) Un couvercle : una tapadera
16) Une spatule : una paleta, una espátula
17) Un ouvre-boîtes : un abrelatas
18) Un tire-bouchon : un sacacorchos
19) Une passoire : un colador
20) Un verre doseur : una taza de medir
21) Un rouleau à pâtisserie : un rodillo de amasar
22) Un moule à gâteau/à tarte : un molde para pastel/tarta
23) Un emporte-pièces : un sacabocados
24) Un gaufrier : un molde de gofres
25) Une crêpière : un sartén para hacer crepes
26) Une cafetière : una cafetera
27) Une sous-tasse : un platillo
28) Un couteau à pain : un cuchillo del pan
29) Un porte-couteaux : un salvamantel para cuchillos
30) Un tablier : un delantal, un mandil
31) Un torchon : un trapo, un paño
32) Une bouilloire : un hervidor
33) Une carafe : una jarra
34) Une manique : una manopla
35) Un égouttoir : un escurreplatos

Exercice d'écriture : « Mystère », par Stéphanie Maze

En photo : Les Mystères de l'Ouest (1967)
par Punkmemory

Elle était sur le point de se rendre à son rendez-vous quotidien ; certains l'auraient jugée folle, mais à ses yeux il représentait sa seule distraction, le seul petit grain de folie dans sa vie d'ordinaire bien rangée. Elle souhaitait s'imprégner totalement de l'ambiance. Aussi revêtit-elle sa robe à crinoline bleue qui mettait si bien ses yeux en valeur et qui, par son décolleté, dévoilait ses formes harmonieuses. Tout avait beau être gagné d'avance, elle ne désirait pour rien au monde renoncer à ce jeu d'une séduction sans cesse renouvelée auquel ils s'adonnaient. À l'heure de procéder à la mise en pli, elle faisait montre d'une maîtrise extraordinaire : elle rassemblait ses cheveux en un chignon aux boucles allongées qui cascadaient de part et d'autre de son visage. Elle enfila ensuite ses gants d'un blanc virginal qu'elle parait à l'accoutumée d'un bracelet doré de mailles royales. Ce goût du détail la gratifiait d'un raffinement digne de la fin du XIXe siècle. Elle semblait tout droit sortie d'un autre temps ; une apparition chimérique dans un monde dominé par la vulgarité. Elle se livra ensuite au maquillage, léger, subtil, venant parfaire ce doux visage qu'on aurait dit touché par la grâce. Elle attrapa son ombrelle avec délicatesse et l'ouvrit avant de descendre cérémonieusement les marches qui la mèneraient vers son prince charmant. Elle savait qu'il se tiendrait là, arborant son costume de dandy qui seyait parfaitement ce corps divin. Elle se délectait chaque jour de la tenue qu'il lui réservait. Depuis qu'elle l'avait rencontré, trois ans désormais, le temps était passé à une telle vitesse, jamais il n'avait exhibé la même tenue. Elle se plaisait parfois à imaginer, comment il allait la surprendre. Aujourd'hui, elle se le représentait dans un costume noir, sobre et élégant, deux adjectifs qui semblaient le caractériser quoiqu'il fît. Sous la veste, une chemise blanche, signe de prospérité, elle le pensait à la tête d'une petite fortune mais n'avait jamais osé lui poser directement la question, ce n'était pas digne d'une femme de sa condition ; le train privé luxueux à travers lequel il arpentait son pays faisait réponse.
Soudain, elle sortit de ses rêveries, elle était arrivée à destination. Elle arrangea sa robe afin de s'asseoir de la façon la plus confortable qui soit. Au moment où l'image apparut dans le téléviseur, un sourire illumina son visage, face à elle James T. West crevait l'écran. Le charme des Mystères de l'Ouest opérait, elle était projetée dans un voyage à travers le temps et l'espace.

Appropriation du lexique… encore un pas

Vous ouvrirez le dictionnaire au hasard et vous prendrez le premier mot que vous ne connaissez pas ; vous nous en donnerez une définition et vous ferez une phrase avec. Bonne chasse !

Version de CAPES, 58

Mi rostro en el espejo. El pelo deshecho. El tiempo subió sus hi­los a tu pelo, dice el poeta. Canas, hilvanes blancos por donde nos vamos deshilvanando, deshilachando, y se ve lo mal hechos que es­tábamos, lo de prisa que nos cosieron las costureras. El pelo se va, se irá, se cae, poco o mucho, pero se cae.
Me gustaba llevarlo en melena rebelde, sobre la frente, como los héroes infantiles, cuando niño, pero la abuela me pelaba al cero, en los veranos tórridos, y se me filtraba la brisa morada de la tarde por la ca­beza desnuda, dejándome aterida la imaginación. Luego lo he llevado como me ha dado la gana, peinado hacia adelante, hacia atrás, enme­lenado, con patillas o sin patillas, y he jugado a hacerme una peluca con el propio pelo, que es a lo que juega todo el que se hace una cabe­za, eso que se llamaba antes «hacerse una cabeza», del mismo modo que los calvos juegan a hacerse un pelo propio con el peluquín. La fi­losofía occidental —Hegel, Marx, Descartes— es una filosofía de raya al medio, y la filosofía oriental es pelona, de cabeza rapada. Yo, que no soy filósofo, he cambiado de peinado como de sistema mental y de concepción del mundo, cuando me ha dado la gana, pero los peines salen cargados como carretas de heno, algunas temporadas, cargadas de pelo, y es cuando hay que volver al dermatólogo, ponerse turbantes de espuma, como un fakir de los espejos del baño, o frotarse, locionar­se, refregarse. Eso es bueno, porque el pelo se cae de todas maneras, pero se acelera el riego periférico del cerebro, y quizá también el otro, de modo que un lavado de cerebro no es una metáfora soviético-ger­mánica, sino que efectivamente se tienen las ideas más claras o más es­casas el día en que se ha lavado uno la cabeza.

Francisco Umbral, Mortal y rosa

***

Léa nous propose sa traduction :

Mon visage dans le miroir. Les cheveux défaits. Le temps augmenta ses fils à tes cheveux, dit le poète. Cheveux blancs, faufils blancs où que nous allions défaufilant, effilochant, et l'on voit à quel point nous étions mal faits, ce que rapidement nous cousirent les couturières. Les cheveux s'en vont, s'en iront, tomberont, peu ou beaucoup, mais tombent.
J'aimais les avoir en crinière rebelle, sur le front, comme les héros pour enfants, quand j'étais petit, mais la grand-mère me tondait la boule à zéro, durant les étés très chauds, et la brise violette du soir s'infiltrait par ma tête dénudée, me laissant l'imagination transie par le froid.
Ensuite je les ai mis comme j'en avais envie, coiffés vers l'avant, vers l'arrière, emmêlés, avec des pattes ou sans pattes, et j'ai joué à me faire une perruque avec mes propres cheveux, ce à quoi jouent tous ceux qui se font une tête, ce que l'on appelait auparavant « se faire une tête », de la même façon que les chauves jouent à se faire des cheveux avec un postiche.
La philosophie occidentale – Hegel, Marx, Descartes- est une philosophie de raie au milieu, et la philosophie orientale est chauve, à la tête rasée.
Moi, qui ne suis pas un philosophe, j'ai changé de coiffure comme de système mental et de conception du monde, quand j'en ai eu envie, mais les peignes ressortent chargés comme des charrettes de foin, en certaines saisons, chargées de cheveux, et c'est quand il faut retourner au dermatologue, se mettre des turbans de mousse, tel un fakir dans les reflets du bain, ou se frotter, s'appliquer une lotion, se récurer.
Cela est bien, car les cheveux tombent de toutes manières, mais on accélère l'irrigation périphérique du cerveau, et peut-être aussi l'autre, de sorte qu'un lavage de cerveau ne soit pas une métaphore soviétique germanique, mais qu'effectivement on ait les idées plus claires ou plus rares le jour où l'on se lave la tête.

***

Maïté nous propose sa traduction :

Mon visage dans le miroir. Les cheveux défaits. Le temps souleva ses fils à tes cheveux, dit le poète. Cheveux blancs, faufils blancs par lesquels nous nous débâterons, nous nous effilocherons, et, on voit le mauvais état dans lequel nous étions, la rapidité avec laquelle on nous cousit les coutures. Les cheveux s'en vont, s'en iront, tombent, un peu ou beaucoup, mais ils finissent par tomber. Lorsque j'étais enfant, j'aimais les porter telle une tignasse rebelle, sur le front, tout comme les héros d'enfances mais, ma grand-mère me faisait la boule à zéro lors des torrides étés, et, la brise humide de l'après-midi s'infiltrait sur mon crâne nu, me laissant l'imagination transie de froid. Ensuite, je les ai porté comme il me plaisait, brossés en avant, en arrière, emmêlés , avec pattes ou sans pattes, et j'ai joué à me faire une perruque avec mes propres cheveux, qui est ce à quoi joue n'importe quel personne qui se fait une tête, c'est ce que l'on appelait avant, "se faire une tête", de la même façon que les chauves jouent à se faire leurs propres cheveux avec des postiches. La philosophie occidentale -Hegel, Marx, Descartes- est une philosophie de raie au milieu et, la philosophie orientale est d'être tondue, d'avoir la tête rasée. Moi, qui me suit pas philosophe, quand j'en ai eu envie, j'ai changé de coupe de cheveux comme de système mental et de conception du monde, mais, les coupes de cheveux sortent chargées comme des charrettes de foin, à certaines saisons, chargées de cheveux et, c'est lorsqu'il faut retourner chez le dermatologue, se mettre des turbans de mousse, tel un fakir des miroirs de salles de bain, ou se frotter, se passer de la lotion, se frictionner. Tout cela est bon, parce que, de toute façon, les cheveux tombent, mais l'irrigation périphérique du cerveau s'accélère et peut-être même l'autre, de manière à ce qu'un lavage de cerveau ne soit pas juste une métaphore soviético-germanique, mais plutôt, effectivement, une façon d'avoir les idées plus claires ou plus rares le jour où on se lave les cheveux.

***

Laëtitia Sw nous propose sa traduction :

Mon visage dans le miroir. Les cheveux défaits. Le temps a tissé sa trame dans tes cheveux, dit le poète. Cheveux blancs, fils blancs par où nous nous effilons, nous nous effilochons, alors nous constatons combien nous sommes mal faits, avec quelle rapidité les couturières nous ont cousus. Les cheveux s’en vont, s’en iront, tombent, peu ou prou, mais tombent.
Petit, j’aimais les porter en crinière rebelle, sur le front, comme les héros pour enfants, mais ma grand-mère me faisait la boule à zéro, lors des étés torrides, et la brise violette du soir glissait sur ma tête nue, me laissant l’imagination transie. Puis je les ai portés selon mes envies, peignés vers l’avant, en arrière, en bataille, avec ou sans pattes, et j’ai joué à me faire une perruque avec mes propres cheveux, ce à quoi jouent tous ceux qui se font une tête, ce qu’on appelait avant « se faire une tête », de même que les chauves jouent à se faire leurs propres cheveux avec une moumoute. La philosophie occidentale — Hegel, Marx, Descartes — est une philosophie de raie au milieu, alors que la philosophie orientale en est une de tête tondue, rasée. Moi, qui ne suis pas philosophe, j’ai changé de coiffure comme de système de pensée et de conception du monde, à mon gré, mais, à certaines saisons, les peignes sont aussi chargés de cheveux que les charrettes de foin : c’est l’époque où il faut retourner chez le dermatologue, se ceindre de turbants en mousse, comme un fakir des miroirs de salles de bains, ou se frotter, se lotionner, se frictionner. C’est une bonne chose, même si les cheveux tombent de toute façon, car on active la circulation périphérique du cerveau, et peut-être l’autre aussi, de sorte qu’un lavage de cerveau n’est pas une métaphore soviético-germanique : on a effectivement les idées plus claires ou plus confuses le jour où on s’est lavé la tête.