dimanche 26 avril 2009

Votre thème du week-end, Alain-Fournier

LE PENSIONNAIRE

Il arriva chez nous un dimanche de novembre 189…

Je continue à dire « chez nous », bien que la maison ne nous appartienne plus. Nous avons quitté le pays depuis bientôt quinze ans et nous n’y reviendrons certainement jamais.
Nous habitions les bâtiments du Cours Supérieur de Sainte-Agathe. Mon père, que j’appelais M.Seurel, comme les autres élèves, y dirigeait à la fois le Cours Supérieur, où l’on préparait le brevet d’instituteur, et le Cours Moyen. Ma mère faisait la petite classe.
Une longue maison rouge, avec cinq portes vitrées, sous des vignes vierges, à l’extrémité du bourg ; une cour immense avec préaux et buanderie, qui ouvrait en avant sur le village par un grand portail ; sur le côté nord, la route où donnait une petite grille et qui menait vers La Gare, à trois kilomètres ; au sud et par derrière, des champs, des jardins et des prés qui rejoignaient les faubourgs… tel est le plan sommaire de cette demeure où s’écoulèrent les jours les plus tourmentés et les plus chers de ma vie – demeure d’où partirent et où revinrent se briser, comme des vagues sur un rocher désert, nos aventures.
Le hasard des « changements », une décision d’inspecteur ou de préfet nous avaient conduits là. Vers la fin des vacances, il y a bien longtemps, une voiture de paysan, qui précédait notre ménage, nous avait déposés, ma mère et moi, devant la petite grille rouillée. Des gamins qui volaient des pêches dans le jardin
s’étaient enfuis silencieusement par les trous de la haie… Ma mère, que nous appelions Millie, et qui était bien la ménagère la plus méthodique que j’aie jamais connue, était entrée aussitôt dans les pièces remplies de paille poussiéreuse, et tout de suite elle avait constaté avec désespoir, comme à chaque « déplacement », que nos meubles ne tiendraient jamais dans une maison si mal construite… Elle était sortie pour me confier sa détresse. Tout en me parlant, elle avait essuyé doucement avec son mouchoir ma figure d’enfant noircie par le voyage. Puis elle était rentrée faire le compte de toutes les ouvertures qu’il allait falloir condamner pour rendre le logement habitable… Quant à moi, coiffé d’un grand chapeau de paille à rubans, j’étais resté là, sur le gravier de cette cour étrangère, à attendre, à fureter petitement autour du puits et sous le hangar.

Alain-Fournier, Le Grand Meaulnes, 1913.

***

Brigitte nous propose sa traduction :

Llegó a nuestra casa un domingo de 189…

Sigo diciendo « nuestra casa », aunque ya no nos pertenece. Hace casi quince años ya que nos fuimos de la región y sin duda no volveríamos nunca.
Vivíamos en los edificios del Cours Supérieur de Sainte Agathe. Mi padre, al que llamaba el Señor Seurel, como los otros alumnos, dirigía a la vez el Curso superior, donde se preparaba el diploma de institutor, y el nivel medio. Mi madre impartía clases en el nivel primario.
Una larga casa rojiza, con cinco puertas acristaladas, bajo viñas vírgenes, en la extremidad del pueblo ; un patio de recreo inmenso, con cubiertas y una lavandería, que se abrían por delante hacia el pueblo con un gran portal ; al norte, la carretera a la que daba una reja pequeña y que llevaba a la estación, a tres kilómetros ; al sur y en la parte trasera, campos, huertos y prados que se juntaban con los alrededores…aquí está el escueto plano de dicho caserón donde transcurrieron los días más atormentados y más queridos de mi vida – caserón desde el cual partieron y volvieron a romperse como olas en una roca desierta, nuestras aventuras.
La casualidad de los « cambios », una decisión de inspector o de prefecto, nos había llevado aquí. Hacia el final de las vacaciones, mucho tiempo atrás, un coche de campesino, que precedía nuestra mudanza, nos había dejado, a mi madre y yo, delante de la pequeña reja oxidada. Unos chiquillos que estaban hurtando melocotones en el huerto se habían escapado sigilosamente por los huecos del seto…Mi madre, a la que solíamos llamar Millie, y que era el ama de casa más metódica que concocí en mi vida, había entrado pronto en las habitaciones llenas de paja polvorienta y en seguida había advertido, deseperada, como en cada « desplazamiento » -, que nuestros muebles nunca cabrían en una casa tan mal concebida…Había salido para contarme su desamparo. Mientras me estaba hablando, había enjugado suavemente con su pañuelo mi cara de niño enegrecida por el viaje. A continuación, había vuelto a entrar para levantar la cuenta de todas las aperturas que haría falta tapiar para que la casa se volviera habitable… En cuanto a mí, cubierto con un gran sombrero de paja adornado con cintas, me había quedado ahí, en la grava de este patio desconocido, esperando, huroneando modestamente alrededor del pozo y debajo del cobertizo.

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Odile nous propose sa traduction :

Llegó a nuestra casa un domingo de noviembre del año 189…

Sigo diciendo « nuestra casa », aunque ya no nos pertenezca. Hace ya casi quince años que nos marchamos de la región y sin duda no volveremos nunca allí.
Vivíamos en los edificios del Cours Supérieur de Sainte Agathe. Mi padre, al que yo llamaba el Señor Seurel, como lo hacían los demás alumnos, dirigía a la vez el Curso superior, donde se estudiaba para obtener el diploma de maestro, y el Curso segundario. A mí madre le tocaba las clases de la enseñanza primaria.
Una grande casa rojiza, con cinco puertas acristaladas, cubierta por unas viñas locas, en la extremidad del pueblo ; un patio de recreo inmenso, con cobertizos y una lavandería/unos lavaderos, que abría al pueblo por un gran portal ; al norte, la carretera a la que se acedía por una reja pequeña y que conducía a la estación, distante de tres kilómetros ; al sur, y en la parte trasera, campos, huertos y prados por donde se iba a los arrabales…aquí está el escueto plano del caserón donde transcurrieron los días más atormentados y más queridos de mi vida – caserón del cual partieron y adonde volvieron, para romperse como olas en una roca desierta, nuestras aventuras.
Por el azar de los « cambios », la decisión de un inspector o de un prefecto, habíamos venido a parar aquí. Casi al final de las vacaciones, bastante tiempo atrás, un coche de campesino, que precedía nuestro mobilario, nos había dejado, a mi madre y a mí, delante de la pequeña reja oxidada. Unos chiquillos que robaban melocotones en el huerto habían huido sigilosamente por los huecos del seto…Mi madre, a la que solíamos llamar Millie, y que por cierto era el ama de casa más metódica que conocí en mi vida, enseguida había entrado a las habitaciones llenas de paja polvorienta e inmediatamente había advertido, desesperada, como solía pasar con cada « desplazamiento », que nuestros muebles nunca iban a caber en una casa tan mal construida ... Había salido para contarme su desaliento. Mientras me hablaba, había enjuagado suavemente con su pañuelo mi cara de niño enegrecida por el viaje. A continuación, había entrado de nuevo para echar la cuenta de todas las aperturas que sería menester tapiar para que la casa se volviera habitable… En cuanto a mí, cubierto con un gran sombrero de paja adornado con cintas, había permanecido ahí, en la grava de este patio desconocido, esperando, explorando tímidamente alrededor del pozo y debajo del cobertizo.

1 commentaire:

Brigitte a dit…

Un oubli dans la première phrase, mea culpa :
"...un domingo de noviembre de 18.."